BIENVENIDO AL MUNDO DE LOS SUEёOS, DE LAS HISTORIAS QUE NACEN DE LA VIDA COTIDIANA, LA SOLEDAD Y LA FANTASÍA

01 enero, 2009

Carta de despedida

Zara, te escribo esta carta para darte la razón. Te extrañará que lo haga, ya que al parecer no estás acostumbrada a ello, una lucha de género por lo demás.

Si hubiese escrito esta carta hace un par de meses, lo más probable es que la hubiera encabezado: Querida Zarita, sin embargo lo único que me impulsa a usar este diminutivo hoy, es que a pesar de las cuatro décadas (y algo más) de edad que tienes, sigues manejando conceptos de una jovencita de quince años.

Dentro de esta razón que quiero otorgarte, agregaré que nunca voy a olvidar unas palabras proféticas tuyas: Se remonta al día en que te conocí, pasaste erguida, contorneando tus caderas, hermosas en ese tiempo, y de mi boca impertinente salió un mal piropo, tanto por la falta de ingenio como por la susceptibilidad de ser mal interpretado: ¿Cuándo va a crecer? Intentaba decir que eras hermosa a pesar de ser tan joven. Tú respondiste: Para ti nunca. Tiempo después me buscaste, me mandaste a invitar a una fiesta y al cabo de unas semanas llegamos a un punto de intimidad que al parecer marcó tu vida. El caso es que tus palabras fueron premonitorias, no porque no fueras a “ser mía” sino porque al encontrarte después de veintisiete años, continuabas teniendo conceptos y valores propios de una niña, lo que en un cuerpo y rostro de mujer madura son un tanto chocantes. La verdad, para mí, nunca creciste.

Cuando me buscaste, y encontraste en ese conventillo que es Facebook, me preguntaste si me acordaba de ti, e inmediatamente recordé las palabras que algunos conocidos mutuos me habían expresado en el curso de estos veintisiete años sin verte, en relación a que siempre habías estado enamorada de mí, lo que a esta altura interpreto como “enamorada de ti, y de la historia de amor y abandono que tejiste en tu mente. Mi inmediata reacción fue la de reparar el daño producido, y accedí a encontrarnos, en un café (aunque sospecho que esperabas que fuera en un motel). En ese encuentro te dije que no sería tu amante (argumentando que no entraría en un juego sórdido con una mujer casada), lo que se reafirmó al verte y no encontrar lo único que me había seducido tantos años antes: Tu juventud.

Pese a todo, seguiste soñando conmigo y me dijiste que habías reencontrado lo que te había enamorado: Mi voz, mis ojos y mi olor, intactos según tú, a pesar de los años. Dijiste que pintabas, escuchabas música y pensabas en mí. Debo agregar que esa imagen no fue para mí la de una artista, sino la de una mujer mayor que pinta de aburrida, frente a un matrimonio agobiante (lo que dejaste ver buscándome después de tantos años) y frente a una postura de mujer burguesa, que no debe trabajar, ya que el marido la mantiene.

Cuando preguntaste si tenía mañanas libres para volver a juntarme contigo, me esmeré por encontrar el espacio, para no herirte (ya bastante daño hice cuando eras una niña), pero no pude ir contra mis sentimientos y sensaciones, y te cité nuevamente en un café. Es allí donde quiero darte una vez más la razón: fui aburrido y cero aporte a tus añejos sueños, en los que al parecer llego sobre un caballo blanco, con una espada, listo a salvar a la doncella atrapada en lo más alto de una torre. Es que no eres una doncella, y tampoco tu matrimonio es una torre – prisión, es sólo el lugar donde te escondes para poder jugar a ser una niña que espera ver aparecer al príncipe.

Es cierto, y es aquí donde quiero “darte definitivamente la razón”: soy un hombre feo, aburrido y creo te faltó decir viejo. Lo que lamento es que ya no fueras la jovencita que me gustó por su ternura, tersura e inocencia, lo que me habría sacado de la inmovilidad que otorgan los años y quizás me habría hecho una “Cirugía en cuerpo y alma” para ser entretenido y bello para ti.

Te deseo lo mejor, que llegues a pintar por inspiración y no por aburrimiento, que hayas tranquilizado tu alma al descubrir que nunca estuviste enamorada, sino confundida, y que finalmente descubras que lo importante es entregar el mejor esfuerzo por construir una sociedad mejor (lo que implica descubrir que la vida burguesa que llevas incluye una dosis de inconciencia frente a la realidad).

Ah, por mi parte soñaré que te llevo a un motel y allí en medio de un orgasmo me gritas que soy bello y entretenido, para subir un poco mi autoestima, deteriorada por ti, en esta revancha que te otorgó la vida.


01 diciembre, 2008

DIVERSIDAD E IGUALDAD (Mención honrosa Concurso de Microcuento arbitrario, Tema: Los Zapatos, Colegio Altamira)

En el momento que la Zapatilla de Tenis entró al salón, la Pantufla comentó: -Y a ésta, quién la invitó- La Chala asintió con mirada cómplice.

Apenas hubo cruzado el umbral, salió a recibirla la dorada Zapatilla de Clavos, bella y punzante, como una Rosa. Juntas recorrieron el salón y fueron a reunirse con el exclusivo grupo formado por la Zapatilla de Escalada (vestida en tonos Lila y plateado), el Zapato de Fútbol, el Zapato de Trekking y el de Andinismo, ambos térmicos e impermeables. Cerca de ellos, la Zapatilla de Ballet coqueteaba con el zapato de Tango y el de Tap.

La frustración de la Chala y la Pantufla residía en que sólo eran tomadas en cuenta por el Zapato Escolar y en ocasiones por el Mocasín, quién amaba en secreto a la Zapatilla de Clavos, a pesar de estar emparejado con la Alpargata, no muy bella, pero muy alternativa.

La Chala intentaba acaparar la atención de su entorno inmediato, comentando que en algunos países era conocida como Chola, que habría sido originalmente su nombre

Iniciada oficialmente la reunión, la Bota de Montar tomó la palabra y propuso hacer comisiones que estudiaran la forma de buscar la igualdad entre los miembros de la comunidad.

La opinión del Zapato de Seguridad no se hizo esperar: -¡Es un profundo error, nuestro problema es que en el fondo ya somos iguales, por ende, soñamos con ser diferentes y quizás por eso han fracasado ideologías totalitaristas-

Es verdad, opinó la Hawaiana, la única igualdad sostenible es la de oportunidades para nuestros hijos, para que ellos puedan algún día llegar a ser diferentes-

Con voz afeminada, el Zapato de Flamenco gritó: -Yo amo la diferencia-

Esta opinión causó tal revuelo que todos hablaron al mismo tiempo y ya no se entendió nada.

En medio del alboroto, me fui de allí con la convicción de que interiormente todos albergaban un deseo común: Ser elegidos por un pie con buen olor.

Memorias de una bota militar


Olvido

Siento que mis días se acaban.

Hace tiempo fui muy considerado, se apreciaban mis servicios, sentía que me reconocían y hasta que me mimaban, dándome cuidados, especialmente en lo que a limpieza se refiere. Si he de ser sincero debo admitir que fui desgastándome como consecuencia de prestar servicio día tras día, de recorrer calles y calles sin descanso.

Todo fue empeorando, conforme pasó el tiempo (o quizás yo pasé a través de él) envejecí, y dejaron de tomarme en cuenta. Así pude ser testigo de la llegada de elementos más jóvenes, más bellos y con estilos diversos y renovados. Me sentí despojado.

La verdad, nunca perdí la esperanza. Intenté reconstruirme anímicamente. En mi fuero interno albergué la ilusión de ser reconsiderado.

Sucedió un brillante día de primavera, mi gran oportunidad: Salimos, como en los viejos tiempos, nos tocó ir a una zona de cerros. Subimos toda la mañana por senderos hechos por las caídas de agua producto de la lluvia. Era un trabajo altamente demandante, yo enfrentaba con entusiasmo la exigencia y el rigor. Fue en una piedra filosa que estaba a la orilla del camino, me golpeé, me rasgué y se me desprendió la suela, y de un momento a otro, fui “inservible”.

En ese momento aciago, esperé alguna deferencia en compensación por todo el tiempo de buenos y leales servicios, por ejemplo un cambio de suela o de media suela por lo menos; por el contrario, en el mismo lugar, fui abandonado.

Un tiempo después, allí, en medio de un acopio de olvido, me enteré, para mi desgracia, que a diferencia de los Zapatos, a las Zapatillas no se les cambia la suela.



24 enero, 2008

YO, VAMPIRO


23 de marzo

Hace varios días que me estoy sintiendo extraño, con menos fuerza y lo que más me inquieta es la falta de ganas de salir por las noches a buscar mujeres jóvenes para saciar mi hambre, lujuria y pasión.

Recuerdo que mis ansias eran tales, que una noche me llevaron a tomar una joven muy bella y ardiente. Fue una experiencia inigualable, al punto que mientras teníamos sexo, gritaba de placer, aullaba, gemía, se volvía loca. En medio de la agitación, no sintió como mis colmillos rompían su cuello, y en un interminable orgasmo su vida se fue apagando; se durmió diciendo: -Te amo, te amo-. Se durmió, como se mueren todos los desangrados. Fue tan excitante para mí, que a pesar de quedar satisfecho (nutritivamente hablando), tomé tres chicas más aquella noche, buscando emular la sensación que esa muchacha me produjo.

El caso es que ya no siento esas ansias, me dan ganas de quedarme en casa por las noches. A veces pienso que es por lo contaminados que están los humanos hoy, tanta droga, tanto alcohol, más la contaminación ambiental, quizás sea eso, y la solución esté en ir a vivir a una zona rural, como cuando el mundo era joven y Londres era sólo una aldea en medio del campo.

15 de mayo

Sigo con la sensación extraña, a veces pienso que me estoy volviendo humano nuevamente. He ido perdiendo las ganas de beber sangre humana, he empezado a beber sangre de res y de cordero. Es que antes, cuando no tenía humanos a disposición, cuando había menos habitantes en el mundo, porque en estos tiempos sobran los candidatos a un buen banquete, debía mantenerme varios días con sangre animal, que aunque poco nutritiva para mi naturaleza, de algo me servía. En esos días mis deseos de sangre humana iban aumentando conforme bebía sangre animal.

Recibí una llamada hace unos días, una antigua amiga, Gina, la conocí en París en 1881, era muy bella, por eso, sin su consentimiento, la hice inmortal. Lo que no tuve en cuenta fue su mal humor y las ganas de controlarlo todo, incluso mi vida. Eso me hizo abandonarla al poco tiempo. A veces pienso que debí hacer inmortal a aquella otra muchacha, la apasionada. Lamentablemente o mejor dicho estúpidamente la dejé morir.

16 de junio

Estoy definitivamente alarmado, hace unos días vi a unos niños jugando y sentí ternura, un sentimiento que no experimentaba hace cientos de años. Salía de mi casa, anochecía, me detuve a contemplarlos, en ese momento salió una mujer, los llamó con voz enérgica, tal vez confundiéndome con un abusador de menores. Me sorprende la cobertura que tiene el abuso de menores hoy. Yo recuerdo siglos atrás, como se divertían algunos Barones y Duques con jovencitos, y que decir de los curas. En ese tiempo se ocultaba muy bien esos excesos. En más de una ocasión me ensañé con uno de esos tipos, los vaciaba con un poco de rabia. El caso es que quedé parado solo en la calle, con ese raro sentimiento.

También me tiene preocupado un extraño deseo de ver el amanecer, al que antes detestaba. Hace varios días que al llegar a mi casa me quedo mirando por la ventana.

18 de julio

Ayer me descubrí una arruga en el rostro, como si me estuviera afectando el tiempo. Pocos se han preguntado cómo andamos siempre tan impecables si no se refleja nuestra imagen en el espejo. La respuesta es simple, poseemos espejos de plata. Plata muy trabajada y de la mejor ley.

No me gustaría envejecer.

9 de agosto

Esta tarde al levantarme probé cereal con leche. En los tiempos de mi humanidad no existía. Mientras comía me sorprendí pensando en una muchacha que conocí poco tiempo antes de convertirme. Creo que me enamoré de la muchacha, aunque no la había recordado amorosamente desde esos tiempos.

No he bebido sangre humana hace un mes, y la sangre de vacuno no me dio el resultado que me daba en los tiempos de escasez.

27 de agosto

Hoy ha venido Gina, recordamos viejos tiempos. Luego tuvimos sexo. Fue un tanto desenfrenado, de parte de ella, ya que sólo me dejé llevar por la nostalgia mientras sentía una rara sensación, algo parecido al amor. En un momento, en medio de sus orgasmos, sentí sus colmillos en mi cuello, tuve una gran excitación, le dije que la amaba y mientras lo hacía, dulcemente me dormí.


20 enero, 2008

LA RESISTENCIA

Cuando los militares fueron a buscar a su madre, contuvo sus lágrimas, y recordó que su padre le había dicho que debía se valiente, pues ahora era el hombre de la casa. Sólo contaba con diez años de edad y ya conocía los horrores de la dictadura implantada dos años antes, que habían alejado a su padre al exilio en un país europeo. Esa mañana había despertado bruscamente por los ladridos de Sultán, un enorme perro de sólo dos años, mezcla de pastor alemán y boxer, terror de perros y gatos del vecindario. Hacía sólo cinco días los había hecho pasar un mal rato: mientras su madre conversaba con una vecina que paseaba a su perro de raza "salchicha", Sultan perseguía al perro pequeño como jugando, hasta que, para espanto de la vecina, Sultán llegó con el "salchicha" muerto en el hocico y lo depositó en los pies de su dueña. Por eso, despertar con los ladridos de Sultán le resultaba preocupante, aunque jamás imaginó que fuera una patrulla militar que llegaba a detener a su madre, para que entregara información sobre el movimiento de resistencia que su padre encabezaba en el exilio.
Damián, pese a su corta edad, vivía atemorizado, había crecido sabiendo del dolor de muchos, especialmente de su madre a causa de la separación con su padre hacía ya dos largos años.
Estoicamente subió a la camioneta que condujo a su madre hasta las frías instalaciones militares, una vez allá, lo dejaron en una pequeña sala de espera, casi sin muebles, sólo una mesita y un par de sillas, ornamentada exclusivamente con una foto enmarcada del Dictador colgada en la pared.
A su madre la llevaron "adentro" para interrogarla, mientras él esperaba la llegada de un tío, hermano de su madre, con el que se iría mientras su madre permanecía detenida.
Al cabo de una hora aproximadamente, apareció un militar, al pasar por su lado le sonrió y le entregó un pequeño paquete acompañado de un guiño. Damián lo recibió y lo apretó en su mano. De inmediato pensó que se trataba de un militar disidente, y el paquete debía ser un mensaje que él debía hacer llegar a su padre, un mensaje importante sin duda para mantener alerta a la resistencia.
Su tío, quien no compartía los ideales de su padre, no debía enterarse. Así, cuando le avisaron de la llegada de éste, apretó muy fuertemente la mano para ocultar el mensaje. Desde ese momento, la principal preocupación de su mente aún infantil, fue como hacer llegar el mensaje. Guardando silencio, subió al automóvil de su tío y esperó a estar solo para leer el mensaje. Al llegar a casa de su tío, pidió ir al baño, una vez allí, cerró con llave la puerta y cuidadosa y lentamente abrió la mano, entonces lo invadió un sentimiento mezcla de sorpresa y desaliento, al comprobar que en su mano sólo había chocolate derretido.

27 febrero, 2007

MIEMBROS DISIDENTES

Hace unos días fui al supermercado a pie, pensando comprar sólo un par de cosas, por supuesto una vez allá, me fui entusiasmando y regresé caminando con tres pesadas bolsas en cada mano, las nueve cuadras que separan el supermercado de mi casa.
Después de un rato caminando, mi rodilla derecha alegó maltrato: - Es demasiado peso para mí-. Comprendí su reclamo, porque hace unos años me lesioné de gravedad jugando fútbol.
Sus reclamos sólo cesaron cuando intervino mi tobillo izquierdo: - Yo también me siento maltratado, aunque mis esguinces son antiguos, nunca me desinflamé totalmente-. –No seas injusto- Dijo mi tobillo derecho, - Llevo años haciendo parte de tu trabajo-. – ¡También yo!- Exclamó mi rodilla izquierda, - Llevo años haciendo parte del trabajo de mi compañera y nunca me he quejado-. Entonces la cadera derecha suspiró, y con voz muy sutil dijo: - No porque sea silenciosa piensen que voy a durar toda la vida, he sido yo la que ha hecho gran parte del trabajo de la rodilla derecha desde la lesión. Ya el paseo que hicimos la semana pasada por la orilla del mar, en desnivel, me dejó resentida -.
En ese momento mi hombro izquierdo habló fuerte: - ¡Perdón! Yo soy el que soporta el peso de esas bolsas a pesar de esa antigua tendinitis. –Siempre quejándose-, exclamó mi hombro derecho.
En ese momento mi estómago emitió unos ruidos raros y comencé a experimentar náuseas, mientras evocaba las discrepancias al interior de la Concertación, conglomerado de gobierno.
Al llegar a casa dejé las bolsas encima de un mueble y me recosté. Antes de dormirme di gracias al corazón, el hígado y a las glándulas endocrinas, por su eficiencia, su lealtad y su silencio.


02 febrero, 2007

REGRESO

Una de las primeras cosas que hice a mi regreso del exilio fue recorrer el centro de Santiago, como un turista: clavando la vista en cada construcción antigua, en cada rincón de la que fue mi ciudad por casi veinte años. Si bien me parecieron disminuidos, me imagino que por la inevitable comparación con las grandes catedrales, castillos y fortificaciones de Europa, me produjo un gran placer ver nuevamente el edificio de la Universidad de Chile, la Catedral, el Banco de Chile, el edificio de Correos, en fin, hasta el edificio de la UNCTAD, al que ahora llaman Diego Portales, me produjo nostalgia, aunque toda la zona que servía de comedores populares durante el gobierno de Salvador Allende ya no existe, según escuché, por un incendio ocurrido hace un tiempo.
Nunca estuve involucrado en política. Por supuesto que era simpatizante de la Unidad Popular, más aún, mi madre era secretaria personal de un ministro de la época, mi hermano mayor pertenecía al GAP (guardia de amigos personales del Presidente). Sin embargo lo que me llevó al exilio fueron extrañas circunstancias juveniles. Es cierto que toda mi familia se exilió en la Embajada de Francia, también es cierto que yo pude haberme quedado en Chile en casa de mi padrino, como lo hizo mi hermano menor, quien sólo se fue a Paris con el afán de viajar, estudiar y ampliar su bagaje cultural, sin embargo y como dije anteriormente, lo que decidió mi futuro, mi vida, fueron los acontecimientos de esa tarde de principios de octubre de 1973.
Estábamos con un par de amigos, Miguel, al que todos le llamaban Micky Mund, por su afición de ir todos los días del verano a la piscina Mund, que dicho sea de paso, fue convertida en edificios de departamentos. Al pasar por delante, me imaginé que a esos moradores deben penarles por las noches, los fantasmas de tantos amores muertos de aquella época. Decía que estábamos aquella tarde con Miguel, quien partió al exilio con nosotros y después de un par de años se aburrió del “carrete” de Paris y se fue a Saint Tropez, donde se convirtió en restaurador de muebles, al heredar la empresa y el oficio del padre de su trágicamente fallecida esposa, y con Jorge Marín, de quien no he vuelto a saber.
Recuerdo que el toque de queda era a las nueve de la noche. Poco rato antes, nos habíamos fumado un cigarrillo de marihuana, y cuando nos bajó el hambre, uno de ellos propuso cocinar tallarines. Cuando estaban casi listos, advertimos que no había salsa de tomates, entonces Miguel propuso salir a comprar. No advertimos que cuando salíamos eran las nueve con cinco minutos. Al llegar a la Torre, el edificio más alto de la Villa olímpica, donde estaban los locales comerciales, frente al “Unicoop”, fuimos interceptados por una patrulla militar, que procedió a detenernos, y tras revisarnos, luego de nuestras inútiles explicaciones, fuimos trasladados al Estadio Nacional, principal centro de detención de la dictadura.
A la mañana siguiente fuimos pasados a interrogatorio. Casi no nos golpearon, pero cada vez que nos interrogaban, un militar decía: - ¡Grita conchetumadre!! Con el fin de amedrentar a los demás detenidos. Así transcurrió el primer día.
Al día siguiente, se llevaron primero a Jorge. Lo escuchamos gritar, pedir por favor, suplicar; luego unos disparos y el silencio. Más tarde aconteció lo mismo con Miguel y luego fue mi turno. Al ingresar a la sala de interrogatorios, establecida en dependencias ubicadas en los túneles, al parecer lo que corresponde a camarines, un oficial de bigotes y cara cuadrada, me interpeló diciendo que mis amigos y yo éramos chilenos de segunda categoría, que éramos parias y no éramos un aporte a la sociedad que el “gobierno militar” quería construir. Dijo que la limpieza de Chile se hacía necesaria, imprescindible. Con esas palabras, dio la orden para que la patrulla que lo acompañaba, me apuntara con sus fusiles, y pese a mis súplicas, me fusilaron. Mis esfínteres se soltaron y el tronar de los balazos es un ruido ensordecedor que me ha acompañado el resto de la vida. Que fueran balas de salva no te libera de la impresión, ya que ese era el objetivo de la maniobra.
Al día siguiente se repitió la operación, y a cada uno de nosotros nos dijeron lo mismo: -Despídanse porque esta vez va en serio.
Allí pasamos sólo tres días, y al comprobar que no estábamos involucrados en política nos soltaron. Lo que no puedo olvidar es a varios hombre que entraron por esa puerta y luego de los ruidos de balas, no volvieron a estar con nosotros, en nuestras angustias nocturnas, oíamos salir camiones, que suponíamos llevaban sus cuerpos.

Ahora que he vuelto, después de treinta y tres años, en que no gocé de privilegios de exiliado político, y tampoco gozo de los de “retornado”, he vuelto a caminar por Santiago, y a revivir una antigua costumbre: cada vez que venía al centro, pasaba a la “Fuente Alemana” ubicada en Plaza Italia, desde que mi compañero de liceo, Aldo, hoy actor, me llevó por primera vez. He encontrado los mismos sabores, con la diferencia que los sándwich ya no los envuelven en papel. Allí estaba la mujer que me atendía de adolescente, alta delgada, de rasgos finos, todavía cumpliendo la misma función: atendiendo clientes y esperando la propina. Ni una promoción ha pasado por su vida, sólo las ojeras y las arrugas, fieles testigos del paso del tiempo, en una ciudad que según he leído, es de las con mayor tasa de depresión en el mundo, y cómo no.

01 febrero, 2007

LA MADRE NATURALEZA


Llegó a la casa un día de noviembre, curiosamente lluvioso, en plena estación primaveral, por eso su nombre: Martina Lluvia, una hermosa gata blanca, limpia y delicada.
Supongo que desde muy pequeña pensó que yo era su amo, acostumbrada a mi voz durante el trayecto en automóvil el día que me la regalaron, para dársela a mi hija, con el fin de superar la muerte de su querido gato Martín. Por eso, siempre intentó dormir en mi pieza, en lo posible dentro de mi cama, así, desde que ella llegó, duermo con la puerta cerrada, a causa de lo liviano de mi sueño.
Siempre tuvimos la idea de esperar que tuviera sus primeros gatitos antes de esterilizarla, y si alguien está en contra de esterilizar a una mascota, es que no se ha visto frente a la necesidad de regalar un gran número gatitos, e ignora lo que significa varios gatos marcando territorio al interior de la casa. De cualquier forma, nuestra idea, siempre consistió en una primera camada antes de esterilizarla.
Así transcurrieron dos años antes de que se embarazara. Cuando sucedió, tanto mi hija como yo nos dispusimos a tener unos bellos gatitos y a pensar en regalarlos a nuestros amigos más queridos.
La gata Martina se paseaba lenta por la pesadez de su vientre, sin entender lo que le estaba sucediendo.
Un día, empezó a maullar como pidiendo ayuda, llegaba reiteradamente hasta donde yo me encontraba, maullaba y me instaba a seguirla. La verdad, no supe que hacer. Siempre pensé que estas cosas hay que dejárselas a la naturaleza para que las solucione.
Al parecer la gata entendió del mismo modo la situación e inexperta, procedió: Acarreó sus pequeños peluches, de aproximadamente quince centímetros de largo, hasta el rellano de la escala, en el segundo piso de la casa, y allí se instaló. Al cabo de unos minutos parió su primer gatito, pequeño, indefenso. Lo curioso fue que en lugar de atenderlo, acogerlo, se echó encima de los peluches con notable instinto maternal.
Allí, a lo largo de la tarde, unas cuatro a cinco horas, fue teniendo sus gatitos, con intervalos de treinta a cuarenta minutos, hasta que se sintió intimidada y se fue al dormitorio de mi hija, que ha sido el suyo también.
Lo que no logro entender aún, es que no atendió a sus crías, las dejó abandonadas, preocupándose sólo de ella misma, pienso que se sentía muy adolorida.
Al día siguiente, cuando me levanté, temprano, me llevé la desagradable sorpresa de encontrar a cuatro de los cinco gatitos, muertos, abandonados. Sólo el quinto en nacer seguía maullando desesperado. La Martina Lluvia se hacía la desentendida, y descansaba luego de su trabajoso parto. Entonces mi ánimo cambió, reconozco que me enojé, tomé a la martina por el pellejo del cuello, la acosté de lado, tomé a la cría y se la puse en el vientre.
Inmediatamente la cría empezó a buscar con su hocico, mientras la Martina intentaba pararse, enojada, y yo más enojado aún, la sostenía con fuerza, mientras la regañaba, explicándole que ese era su hijo y que ella tenía deberes de madre, como si la gata pudiese entenderme. Así permanecí sentado en el suelo, afirmándola, casi media hora, hasta que se produjo el milagro: la gata comprendió que debía dedicarse a su cría y ya no ofreció resistencia. Una hora más tarde, madre y cría se habían hecho inseparables.
Ahora me parece que la naturaleza no es tan sabia, y tengo el sentimiento de haber podido salvar a todas las crías de haber sabido algo más sobre gatas primerizas.
No puedo esperar que el próximo parto sea distinto, porque no está en los planes un próximo embarazo felino en casa. Lo que me alegra de todo esto es que su cría, por ser la única, no será regalada, se quedará con nosotros, como regalo del cielo.

31 enero, 2007

LOS CONDENADOS

De la tradición oral de los Uros

Cuando el Lago Titi-caca se secó, hace varias generaciones, al ver la tragedia, que permitía caminar de una isla de totora a la otra, los hombres y mujeres jóvenes, tomaron sus embarcaciones, y enfilaron rumbo a sectores más profundos. En sus casas dejaron a los niños, al cuidado de la anciana, a la que todos llamaban Mamá grande.
Las primeras noches no ocurrió nada extraordinario, fue sólo a la tercera noche que llegaron los extranjeros. Llegaron con regalos: cestas de fruta seca, carne salada, panes y granos. A esa altura, los alimentos empezaban a escasear, al punto que la anciana los racionaba, privándose de comer en beneficio de los niños.
¡Hola! Gritaban los visitantes, abran la puerta, decían, mientras depositaban las cestas frente a la choza.
La anciana caminó unos pasos y al llegar a la puerta tuvo un presentimiento. Recordó una leyenda, una antigua superstición que contaba su abuela, en la que atribuía poderes sobrenaturales a ciertos personajes de tierra, cuya costumbre consistía en atacar a la gente del lago para succionar su sangre y nutrirse de ésta. También la leyenda hablaba del gusto de estos seres por la carne de los niños, humana y tierna. La anciana sintió un temblor interior, el terror se apoderó de ella y la inmovilizó. Se alejó de la puerta y juntó a los niños, les repartió la última ración de pan y pescado seco, y se sentó en círculo con ellos, los acompañó a comer y luego se tomaron de las manos, posición en la que se quedaron en silencio, intentando dar la impresión de que aquella morada estaba vacía.
Durante la noche los visitantes insistieron, golpearon la puerta, llamaron a viva voz, ofrecieron la comida que traían, dándose por vencidos sólo al empezar a despuntar el día, y antes de la salida del sol se marcharon.
La anciana permaneció inmóvil protegiendo a los niños, allí, entre la totora, en círculo se durmieron.
Así se mantuvieron hasta el mediodía, y sólo abrieron la puerta cuando comprobaron que llegaban algunos hombres, padres de los niños, con provisiones conseguidas en el otro extremo del lago, hacia el lado de Bolivia.

Entonces, la sorpresa y el horror se apoderaron de todos los presentes, especialmente de la anciana, al comprobar que las cestas, dejadas allí por los extraños, no contenían alimentos sino trozos de cuerpos humanos, dedos, narices y orejas. La intuición de la anciana había salvado la descendencia del pueblo del lago.

13 octubre, 2006

DESPERTARES

Despertó con la sensación de haber corrido toda la noche, mientras liberaba sus ojos de legañas, recordó:
Se encontraba en una zona de la ciudad que intercalaba casas con talleres de reparación de automóviles. En un momento cayó en cuenta que el suyo había desaparecido, lo había dejado estacionado en un callejón. Recorrió al trote varias manzanas buscándolo, luego exhausto se sentó en la vereda con un sentimiento de desolación.
Advirtió que las calles estaban vacías, extrañó la presencia de niños, cerró los ojos y contra su voluntad, se durmió.
Soñó que venía
atravesando un gran parque, con un grupo de personas, con las que había compartido todo un verano de trabajo. El guía del grupo dijo: - Acá nos detendremos a descansar- Dejó su bolso y se tendió en la hierba, de pronto divisó a Soledad, estaba recostada de lado, completamente desnuda, apoyando la cabeza en la mano y el codo en el suelo. Se acercó por detrás, puso sus manos en la espalda de la joven y comenzó a acariciarla suavemente. Ella respondió las caricias con una sonrisa. En ese momento, el guía llamó a reanudar la marcha. Fue a buscar su bolso y no estaba. Todos se fueron, él se quedó buscando. Recorrió varias veces el parque sin resultados, desilusionado, se sentó en la hierba, apoyando la cabeza en el tronco de un añoso árbol, suspiró un par de veces y se durmió.
Soñó que tenía una amante, una mujer casada, a la que amaba profundamente. En un principio se juntaban en un café una vez a la semana, tiempo después, se encontraban casi todos los días en un motel. En una ocasión despertó con un claro sueño en la retina, dormían juntos en una casa que no era la suya ni la de su amante, el sonido de una llave en la cerradura lo despertaba, eran sus hijos, los de su matrimonio, grandes, adultos, que llegaban a visitarlos. En los cuartos vecinos dormían los hijos de esa relación. Al despertar, deseó que el sueño fuese realidad, lo escribió en una libreta y volvió a dormir.
Cuando despertó, la luminosidad le molestó en los ojos, la sala era blanca entera, sólo había una pequeña mesa de noche y una silla. Se quedó mirando el cielo raso, creyó advertir un insecto desplazándose sobre el paño blanco. –No- pensó, está detenido, talvez sólo es una mancha. En ese momento entró la enfermera, se acercó le puso una pastilla entre los labios mientras decía: - Tráguela, le hará dormir sin sobresaltos, y podrá descansar-.

02 septiembre, 2006

ALGO MÁS QUE UNA AVENTURA

Cuando Simón tenía sólo dieciocho años, en una fiesta en casa de un vecino, encontró a Luisa, una joven de veinticuatro años, morena de cabello ensortijado, labios carnosos, con más rasgos del tipo africano que latino. Nunca había cruzado palabra con ella, sin embargo nada costó que en unos cuantos minutos estuvieran animadamente conversando y en otros tantos, besándose. Se trataba de un apartamento de dos niveles, que repleto de gente bebiendo y bailando, apenas dejaba ver la clásica decoración. Al cabo de un rato, Simón y Luisa se besaban apasionadamente sentados en el penúltimo peldaño de la escala, antes de llegar al nivel superior, escapando así de las curiosas miradas de sus amigos.
Simón en su inexperiencia, mezclada con un gran deseo juvenil, llevó su mano, al pecho de la muchacha, por debajo de la blusa. Luisa permitió la maniobra un momento, aunque lo interrumpió diciendo que necesitaba ir al baño. Cinco minutos después regresó y reanudaron sus caricias. Allí empezó la sorpresa para Simón, cuando llevó nuevamente la mano al pecho de Luisa, comprobó que el sostén no estaba en su lugar. Para deleite de Simón, Luisa tenía unos pechos alargados, con un pezón de duro, grande, que prolongaba unos dos centímetros la extensión de los pechos. La excitación de Simón cada vez era mayor.
Pasados cuarenta y cinco minutos, Luisa le sugirió que fueran a su casa, porque sus padres estaban fuera de la ciudad. Salieron de apartamento, llegaron a la escala del edificio y siguieron acariciándose con tal deseo que Simón experimentó una eyaculación no deseada, de la que Luisa no hizo mención.
Después atravesaron un pequeño parque, entraron al edificio donde vivía la joven, subieron las escalas hasta el cuarto piso y entraron al apartamento de ella. Tan pronto hubieron cerrado la puerta, Luisa tomó la iniciativa, bajo la cremallera de los pantalones de Simón, sacó su miembro y empezó a acariciarlo. Tomando a Simón de la mano, lo condujo a su habitación, le quitó la ropa, se desvistió y empezó una danza frenética de cuerpos. Unos minutos después, ella tenía su primer orgasmo acompañado de algunos fuertes gemidos. La erección de Simón se mantuvo. Luisa preguntó: -¿Acabaste en la escala del edificio?
-Sí- respondió Simón, -no pude aguantarme-
-Que bueno- dijo Luisa, volviendo a besarlo con pasión.
Siguieron haciendo el amor y los gemidos de Luisa se transformaron en gritos y al cabo de un rato en alaridos. Simón llegó a pensar que en un momento llegarían los vecinos o llamarían a la policía, interpretando una agresión.
Nada de eso sucedió, unas horas más tarde se despedían en la puerta del apartamento, con grandes manifestaciones de cariño por parte de ella. Él se iba satisfecho por la aventura inesperada.
Pasaron los días y Simón, enamorado de otra muchacha, un poco menor que él, visitó un par de veces a Luisa, aprovechando los momentos en que sus padres no estaban, aunque nunca pensó en ella como su enamorada, sino como en la posibilidad de tener sexo fácil.
Para Simón fue una experiencia excitante, aunque nunca se sobrepuso al duro golpe que significó comprobar a lo largo de su vida posterior, que la pasión demostrada por Luisa, su gran deseo, sus prácticas y sus múltiples orgasmos, acompañados de alaridos, no era algo que se encontraba todos los días.

21 junio, 2006

EL ANCIANO

La mujer empujaba la silla de ruedas con indiferencia, su rostro joven parecía no corresponder al grueso cuerpo, casi obeso, más ancho a causa del traje de enfermera. El anciano iba acurrucado, con los ojos cerrados, evidenciando un hilo de vida, que se escapaba en cada respiro. En su agonía, el viejo rumia un odio por su suerte perra, culpa a los demás de su deterioro, de su vejez invalidante.
“Fumar es un placer, genial, sensual…”
Malditos, me engañaron…
Ahora me salen con eso de que el tabaco produce cáncer…
En la primera vuelta al pequeño parque, con dificultad saca un paquete de cigarrillos, extrae uno y lo deja caer sutil y disimuladamente.
Le pide a la enfermera que se detengan allí.
Con morbosidad el anciano espera.
A lo lejos se divisa un hombre joven trotando, al llegar al lugar, arrastra el pie, destruye el cigarrillo y sigue su trote. El viejo murmura con rabia: -Maldito entrometido-
Le pide hoscamente a la enfermera que vuelvan a casa.

Al día siguiente, el paseo es a la misma hora. El anciano vuelve a sacar un cigarrillo y lo deja caer. Con la complicidad de la enfermera se queda mirando de cerca. Se acerca un muchacho, recoge el cigarrillo, sonríe por su buena suerte, lo enciende y lo disfruta.
El viejo sonríe mientras piensa: -Envenénate tú también-

¡Vamos! Dice a la enfermera, - mañana volvemos-



12 junio, 2006

"LA TOMA"

Al principio pensé que no me iba a pescar, porque era súper importante en su Liceo, o por lo menos así parecía, ya que cada vez que hablaba, todos escuchaban con atención y aplaudían cada una de sus ideas. Se subía a un andamio, el pelo le ondeaba al viento, y desde allí compartía con sus compañeros el último acuerdo de la asamblea estudiantil.
Lo conocí un viernes, al llegar con un par de compañeras de colegio, a dejar provisiones, recolectadas para ir en ayuda de la “toma”. Al vernos, haciéndose el simpático, preguntó:
- ¿Nos vienen a cocinar?-
Si quieren que les preparemos comida, dije, nos quedamos.
Esa tarde, después de almorzar, se incorporó al aseo de la cocina, más tarde conversamos junto a una fogata en el patio del Liceo, y nos quedamos toda la noche recostados en su saco de dormir, hablando de las enormes diferencias entre la educación impartida en su Liceo y en mi Colegio. Al amanecer, juntos recibimos el pan y preparamos el desayuno para los cuarenta y tantos compañeros que sostenían la “toma”.

-¿Vuelves?- Preguntó
-¿Quieres que vuelva?
- Sí, respondió-
Después de pasar por mi casa, tranquilizar a mi madre (ella apoya el movimiento estudiantil, pero se preocupa mucho por mi bienestar), pasé por mi colegio, recolecté algunas cosas de comer, algunas frazadas, y partí a su encuentro.

Los días que siguieron, fueron realmente maravillosos, yo lo había idealizado, y lo veía como un héroe. Él me trataba con deferencia cuando estaba frente a sus compañeros (haciéndome sentir importante en el apoyo logístico a la alimentación de los estudiantes comprometidos) y con ternura en la intimidad.

Las siguientes semanas fueron emocionantes, hicimos el amor, planeamos nuestro futuro como pareja y mantuvimos la “lucha” hasta el final, ya que juntos dirigimos el proceso de limpieza y orden que precedió a la entrega del local a las autoridades escolares.

Podría asegurar que este tiempo fue el más importante de mi vida, circunstancias que me sacaron de la estúpida rutina de ver televisión y chatear con mis amigos.

Sin embargo, con el correr de los días las cosas han ido cambiando, hemos vuelto a clases, él se ha centrado en la preparación de la prueba de selección universitaria (a mí me falta un año para eso), también ha estado asistiendo a reuniones políticas, un partido nuevo, de izquierda, que creo, lo está utilizando, o quizás se están utilizando mutuamente, porque él lo ve como una plataforma para dedicarse de lleno a la política, cuando sea adulto. Ya casi no me llama, y cuando yo lo llamo, casi siempre está ocupado.
El fin de semana pasado nos juntamos, fuimos al Parque, a un asado con algunos amigos. Él se mostró distante, como si nuestras conversaciones fueran aburridas o de “cabros chicos”. Después, cuando me fue a dejar a la parada del bus, se despidió en forma fría, muy diferente a los días de “la toma”.
He pasado el resto de la tarde llorando en mi pieza, no sé lo que voy a hacer, quizás siga el consejo de una amiga:
Hacerme un aborto y a él, no contarle nunca.

24 mayo, 2006

LA DEUDA

Después de unas cervezas, los cinco jóvenes conversaban animadamente, sentados en una parada de buses. Rodrigo se sentía realmente mareado, y en medio de esa bruma interna, escuchaba el relato de Francisco, acerca de un corte de luz, en pleno año nuevo, que había significado la quiebra del pequeño restaurante costero de sus padres.
-Quedó todo a oscuras, y empezaron a reclamar, a silbar, y a los minutos, estaban volando los platos, los vasos y las botellas. Cuando volvió la luz, se había ido la gente, sin pagar su cuenta, y todo quedó destrozado. No teníamos seguros, porque estábamos comenzando recién el negocio-
En medio de la noche, la tranquilidad del relato fue bruscamente interrumpida por Patricio:
-Esos tipos que vienen allí son delincuentes-
Rodrigo escuchó alcohólicamente la advertencia, como si el mensaje viniera de una gran distancia.
Cuando los sujetos hubieron pasado, Miguel, comentó:
Yo he visto la fotografía de uno de ellos en la escuela de Karate, en una pared dedicada especialmente a mostrar delincuentes comunes, con el fin de que nos cuidemos.
Rodrigo escuchó el testimonio de Miguel, sin salir de su esfera etílica.

Unos momentos después, los amigos conversaban animadamente una vez más, sin percibir que los jóvenes delincuentes se habían devuelto. Sigilosamente llegaron por detrás y uno de ellos tomó de la parte de la espalda de la chaqueta a Rodrigo, mientras otro le ponía un hierro afilado y puntiagudo de unos treinta centímetros, sobre el muslo. Un instante después, el que lideraba el grupo de maleantes, se acercó de frente a Rodrigo y dijo:
-No te gustó quemarme la cara, ahora yo voy a marcar la tuya para toda la vida-

Al escuchar estas palabras, Rodrigo se remontó a una hermosa mañana de primavera, cuatro años antes: Había salido de su casa fumándose un cigarrillo, al llegar a los locales comerciales, tres jovencitos de baja clase social, menores que él, de entre trece y catorce años, se burlaron. Al no tomarlos en cuenta, los muchachitos le lanzaron algo líquido en la espalda y arrancaron. Rodrigo los siguió a toda carrera, unos metros más allá, alcanzó a uno de ellos, lo tomó del brazo y lo amenazó. El jovencito envalentonado dijo:
-Pégame huevón, no me duele-
Rodrigo, molesto, en un momento de irritación, le apagó el cigarrillo en la cara. El jovencito gritó de dolor y de vergüenza, al sentirse observado por sus compañeros.

Hoy, el jovencito bordeaba lo dieciocho años, era delincuente, tenía una gran envergadura y estaba armado. Se acercaba a su rostro amenazante.
Rodrigo miró a su alrededor, Miguel, el karateca había desaparecido. Se sintió perdido, no atinó a mover un músculo.
En ese momento, Francisco se levantó de su asiento, caminó un par de pasos y empezó a sacar un palo guía de árbol, de dos pulgadas por dos, y de más de un metro de largo.
El joven delincuente dijo:
-¡Oye, con vos no pasa nada!- Queriendo decir que Francisco no corría peligro, que el asunto era con Rodrigo.
Francisco replicó en el momento de sacar el palo:
-Cómo que no pasa nada conchetumadre- Y agitando el palo, los ahuyentó.
Cuando los delincuentes arrancaron, los amigos los persiguieron lanzando piedras.

Con el paso de los días, Rodrigo supo que al delincuente le llamaban “el Lolo de las Motos”, porque se dedicaba a robar motocicletas. Había estado en la cárcel de menores, se había escapado de ella, saltando desde seis metros de altura y hoy lideraba una banda juvenil.

Durante un par de años, Rodrigo anduvo alerta, en reiteradas ocasiones, al llegar a su grupo de amigos, estos le decían: -Te andan buscando- Al escuchar esto, Rodrigo volvía a su casa amargado. Un día supo que en una redada, “el Lolo” había caído de un balazo en el pecho.

Algo cambió para siempre en su vida: No volvió a usar la violencia y dejó de fumar.


06 abril, 2006

LA NUBE


Una tarde a fines de primavera, contemplaba el cielo, intentando encontrarle forma a las nubes. Una de ellas, una pequeña, me sorprendió, era ver un pez, incluso su textura semejaba detalles como boca, ojos y escamas. Comenté el hecho a la persona que estaba junto a mí, y al volver la vista, la nube había tomado la forma de un bate de béisbol, la textura, antes escamas, se había convertido en las perfectas vetas de la madera.
-¡Hermosa nube!- comenté en voz alta, y la nube pareció dilatarse.
Comprobé el viento, corría una agradable brisa, a la que responsabilicé del cambio de apariencia de la nube. Una hora después, la nube seguía allí, esta vez con apariencia de sirena.

Al volver esa tarde a casa, me pareció que la nube seguía allí, y hasta me dio la idea que al conducir el automóvil, ella se mantenía a cierta distancia, como para que la siguiera viendo.
En un principio interpreté como coincidencia encontrar una nube de similares características al salir de mi casa a la mañana siguiente, aunque fui cambiando de opinión en el transcurso del día, al comprobar que la nube se mantenía visible desde la ventana de mi oficina. Ese día, la nube pasó por innumerables formas, lo que me impidió concentrarme en el trabajo.
Así pasaron los días, y la nube me acompañaba tímidamente de mi casa al trabajo y viceversa.
En la medida que me fui acostumbrando a su presencia, la nube se fue estacionando más cerca, hasta que, sin darme cuenta del momento preciso, estaba justo sobre mi cabeza.
El primer momento fue de emoción, sentir que se tiene una nube propia, a cualquiera lo llena de orgullo.
Al llegar el verano, especialmente en los día de más calor, la presencia de la nube era una delicia. Al subirme al automóvil, resultaba reconfortante encontrarlo fresco, aún en los días de 36 grados Celsius.
En los días nublados, apenas la distinguía, mientras que en los de sol, era el único afortunado que contaba con un poco de sombra.
Al tiempo, aunque era feliz teniendo a la nube conmigo, algo me fue incomodando, lo que se acentuó al sentir que había perdido mi sombra.
No sólo eso, pasé a ser un tipo oscuro, y mi piel se puso pálida, al igual que mi ánimo.

Al llegar el otoño, con la llegada de otras nubes, mi nube se empezó a sentir incómoda. Intentaba llamar mi atención en todo momento.
Así, mientras otros gozaban de un sol pálido, a mí me lloviznaba.
Ya no pude lavar el automóvil, siempre estaba húmedo.

Con la llegada del invierno, la nube se puso insoportable, siempre me llovía más fuerte que al resto.
Llegó un momento en que el techo de mi habitación se empezó a filtrar, me fue imposible repararlo con esa lluvia incesante.
Le pedí que se fuera, no podía resistir un momento más a su lado.
La nube no sólo se quedó, además, se enfureció, intentó por todos los medios ingresar a mi casa.
Si quedaba una ventana abierta, inmediatamente la sala se llenaba de bruma, se humedecían los muebles, las paredes. Al tiempo empecé a experimentar un resfrío permanente.
En vano le supliqué, mientras más le hablaba, más enojo demostraba.
Llegué a maldecir el momento en que comenté ¡Hermosa Nube!

Un día topé fondo: Iba en el automóvil, y no contando con que los neumáticos estaban húmedos por el agua que chorreaba de la carrocería, el automóvil patinó y me fui a estrellar con un bus estacionado. Afortunadamente salí ileso, aunque no puedo decir lo mismo del automóvil.
Ese mismo día puse en venta todas mis pertenencias y cuando tuve todo en orden, me fui de la ciudad. Hoy vivo al norte de la capital, en medio del desierto, donde las nubes, aunque añoradas, no tienen permitida la entrada.

Cuando quiero relajarme, me imagino figuras en la arena.


30 marzo, 2006

PUNTOS DE VISTA

Ese día salí de mi casa llevando el dinero que reuní tras dieciocho meses trabajando de garzón en un pub, compatibilizando a duras penas el trabajo con las obligaciones de la universidad. Al llegar a la casa de música, por uno de los vendedores, me enteré que la guitarra que había soñado tener, había subido de precio en un veinte por ciento.
Salí de la tienda con una mezcla de sentimientos: pena, frustración e indignación. Unos metros más allá, un tipo con el que creí tropezar, me apuntó con una pistola y dijo:
-¡Entrégame el dinero!
Sin pensarlo dos veces, intimidado por el arma, se lo entregué. El tipo dijo:
-¡Date vuelta!, si miras para acá eres hombre muerto- y se alejó.
Al alejarse, me escondí tras un kiosco de periódicos. El tipo caminó rápido cerca de noventa metros, miró para atrás y al no verme se sintió seguro, se cambió de saco, se puso una corbata muy vistosa y empezó a caminar con aire inocente.
Sin que se percatara, lo seguí, me aproximé por detrás en medio de la multitud que a esa hora caminaba por el centro de la ciudad. Cuando lo tuve a mi alcance, me abalancé sobré él, y tomándolo del cuello lo reduje. Caímos al suelo, la pistola saltó lejos de nosotros, en el momento que le exigí que me devolviera el dinero, llegaron dos policías, nos apuntaron, nos esposaron y nos llevaron detenidos.

Recién había comprado una gaseosa, cuando lo vi aparecer, vestía jeans y zapatillas, llevaba el cabello largo, en general su apariencia era descuidada. Entró a la tienda de música, inmediatamente supe que con la intención de asaltarla. Seguramente que al ver a tantos empleados varones, desistió. Se veía desesperado. Buscó a algún transeúnte a quien robarle, enfrentó a un señor de saco azul, al parecer no encontró que robarle y se quedó escondido tras un kiosco de periódicos, buscando a la distancia una víctima más rentable.
De lejos lo vio, era un señor de saco marrón, lo siguió, cuando estuvo cerca lo tomó del cuello y al parecer lo encañonó con su pistola, la misma con la que pensaba asaltar la tienda de música. El señor del saco marrón se resistió, la pistola saltó lejos, y cuando luchaban en el suelo, apareció la policía y los subió al carro.

Yo pasaba por ahí, un tipo saltó sobre el cuello de otro, forcejearon y una pistola saltó por los aires. Al principio parecía todo muy real. De pronto aparecieron dos policías, en seguida me entraron dudas. A decir verdad, el carro me pareció raro, miré la pistola y eso fue lo que me hizo dudar, se notaba que era una pistola de utilería. Al contemplar a los policías, sus uniformes me parecieron de una tonalidad levemente distinta a la real.
En seguida supe que era un show, busqué las cámaras, no las encontré, entonces supe que se trataba de una cámara escondida.
En ese momento reconocí a los actores, los había visto alguna vez en la televisión.
Ah, las esposas también eran de utilería.



28 marzo, 2006

TIEMPO DE CAMBIO


Ayer escuché una noticia que me causó extrañeza, una bella modelo se sometió a una dolorosa operación para alargar tres centímetros sus piernas. Digo que me causó extrañeza, porque la chica medía un metro y setenta y dos centímetros, una estatura considerable, aunque en el mundo de la moda internacional, probablemente es insuficiente.
A veces pienso que nuestra época vive exageradamente la búsqueda de la perfección.
De este modo, son muchos los que sufren por sus defectos, que en otra época habrían sido parte de la singularidad, más que motivo de frustración.
Por supuesto que otros tantos se aprovechan de este fenómeno para obtener ganancias, ni hablar de los cirujanos, que argumentando la salud psicológica de sus pacientes, realizan todo tipo de cambios en la fisonomía de éstos.
Lo raro es que aún no les da por cambiar la forma de pensar y de actuar de las personas. Me imagino un señor yendo al médico para que le intervenga cierta porción del cerebro que lo haga más simpático, o tener mayor capacidad de liderazgo, o de emprendimiento, y por que no decirlo, ser mejor amante.
Claro, porque sabemos que son muchos los que ofrecen, por intermedio de páginas web y de correos electrónicos (spam) la posibilidad de alargar el pene, prometiendo implícitamente, ser mejores amantes. Sin embargo sólo un ingenuo podría creer que eso basta, o mejor dicho que eso puede guardar alguna relación, salvo en casos especiales en que el sujeto haya sido duramente castigado por la naturaleza.

¿Entonces, a quién podrían acudir los interesados en mejorar su capacidad amatoria? Al parecer la respuesta la sigue teniendo el mundo de la psicología y de la sexología, que mediante diversos abordajes del problema, algo ayudan, aunque finalmente, no pueden dar lo que natura niega.

Recuerdo un tío que se operó la nariz, encontraba que la tenía enorme, después de una costosa intervención, quedó con una nariz pequeña y tímida. El pobre sufrió lo indecible, perdió el respeto de su esposa, el de sus hijos, y aunque no lo crean, perdió el magnetismo que tenía con las mujeres. Al parecer por algún tipo de asociación, a ellas les gustaba con la nariz grande. Como que perdió el carácter.

Entonces se podría decir que todas las respuestas están en la psiquis, en complicidad con el espejo. A propósito, recuerdo un cuento de Ray Bradbury, publicado en “El país de octubre”, en que el protagonista, un enano, visitaba cada noche el salón de los espejos para ver su imagen reflejada en uno convexo, que le alargaba la figura. Una solución más barata y menos dolorosa que alargarse las piernas.

Quizás la solución está en vender espejos que permitan ver lo que cada uno quiera ver.

Lo que nadie puede discutir es que para ser buen amante, lo más importante es amar.

27 marzo, 2006

A PUNTO DE NACER

Cuando estaba a punto de nacer sintió miedo, habían aumentado considerablemente los ruidos externos, y las voces dejaban entender estrés ambiental. La voz conocida casi no se escuchaba, sólo para manifestar dolor.
Quiso rechazar la posibilidad, aunque pronto comprendió que era imposible. De súbito vio la luz, y recordó una luz mayor, una luminosidad suprema que lo albergó una vez. Esa luminosidad superior se había manifestado como idea comprensible, que daba la posibilidad de quedarse o partir. Evocó el momento en que decidió partir, le costaba identificar el motivo de su opción, sólo tenía claro que había podido elegir a sus futuros padres, dentro de una pequeña gama de posibilidades. Su futuro padre era un militar, con estructuras mentales muy estrictas, partícipe de una dictadura genocida, que por la mañana, en casa, era un hombre dulce, más tarde un hombre violento e inclemente, y por la noche un alcohólico abusador y escandaloso.
Su madre, una mujer dulce, sencilla, y lamentablemente subyugada. Tenía aún conciencia de su elección, y de su decisión de volver a encarnar. El panorama que le esperaba no era fácil, y cada experiencia era lo justo que necesitaba para… ¿para qué? ¿Cuáles habían sido los motivos?
Definitivamente estaba perdiendo la memoria, estaba olvidando a que vino, cada instante que pasaba, las voces aumentaban y la memoria se perdía.
-Ya viene- dijo un hombre.
-Deja de pujar- dijo una voz de mujer.
La voz conocida emitió un grito de dolor.
De pronto recordó, Clara, mi dulce Clara.

Ismael soltó el bote y se internó mar adentro, a pesar de la tormenta. Clara quedó en el hogar con el alma en un hilo, presintiendo la tragedia.
Ismael no fue el único pescador que murió ahogado en esa jornada.
Cuando Clara supo de su muerte, se vio superada por la pena y sin articular palabra, caminó directo hacia el mar, se internó y desapareció para siempre.

Cuando se hizo la luz, sintió que el aire le llenaba los pulmones, un pequeño golpe lo hizo llorar.

La felicito señora, es un varón.


25 marzo, 2006

CRISTINA

-Cristina, ¡cásate conmigo!-
-Te he dicho tantas veces que no me siento preparada-
-Vivamos juntos entonces-
-No lo sé-
-¿Qué no sabes?-
-No sé si quiero volver a vivir con un hombre-
-Eso es por tu mala experiencia matrimonial-
-Puede ser-
-Pero tú dices que me amas-
-Escucha Daniel, me gustaría algún día volver a vivir en pareja, sin embargo, siento que si me emparejo contigo, y luego encuentro al “Hombre de mi vida”, me sentiría fracasando una vez más-
-¿Quizás deseas que terminemos?-
-No, temo darme cuenta después, que tú eras el “Hombre de mi vida”-

Así son las conversaciones habituales de Cristina con Daniel, evasivas para eludir una relación más seria, un compromiso que a Cristina le asusta.
Sueña encontrar un hombre que satisfaga todas sus expectativas. Si Daniel le hubiese propuesto vivir juntos, cinco años antes, habría aceptado gustosa, involucrando a sus dos hijos, en ese momento pequeños, en la aventura. Es que en ese tiempo estaba saliendo de un mal matrimonio. Acostumbrada a una pésima relación sexual matrimonial, Daniel fue para ella un “Rey”, una revelación, único en el mundo.
Claro, en estos cinco años ha tenido otros amantes pasajeros, y se ha dado cuenta que Daniel es uno más, aunque tiene claro que está acostumbrada a su presencia y que lo extrañaría si no estuviera.
Atrás quedaron los tormentosos días en que recién separada de su esposo, debe soportar las escenas que éste le hace al saber de Daniel, ahora su esposo tiene pareja y la relación se ha tornado amistosa. Cristina recuerda un tiempo en que volvió a estar con su esposo, estando separados. En la ocasión le pareció un buen amante, y se atrevió a decirle:
-¿Por qué no me hacías así el amor estando casados?
Él respondió:
-Porque te encontraba tan niña, tan virginal-
Cristina se imagina que mientras a ella apenas la tocaba, debía tener amantes con las que desahogaba sus pasiones. Hoy, esto sólo la hace reír.

Hace un par de días, Cristina se ha encontrado con Juan Carlos, un conocido con el que ha conversado algunas veces en los últimos seis años. En las pocas conversaciones que han tenido, ambos se han sentido cómodos y entretenidos, le ha contado muchas cosas de su vida, de su esposo, de Daniel, de los difíciles días posteriores a su separación. Él le ha contado también de su vida, también es separado, y nunca ha vuelto a vivir con una mujer.
A Cristina hay dos cosas que le llaman la atención: una, que cada vez que conversa con él, terminan hablando de amor y sexo, la otra, que en años de conocerlo, sabiendo que podría resultarle atractivo, teniendo la fuerte convicción de que él la encuentra atractiva, nunca la ha invitado a salir.
Es raro este Juan Carlos, piensa, y en ese momento encuentra la respuesta a sus reticencias frente a adquirir un compromiso con Daniel, le falta conocer a los Juan Carlos, que andan por ahí, dentro de los que podría estar el “Hombre de su vida”.

23 marzo, 2006

INTENTO

Se sentó frente al computador con la intención de escribir un cuento. La narrativa no fluyó, recordó que debía enviar unos mensajes de correo electrónico, que había quedado pendiente de la jornada de trabajo. Mientras los enviaba se bebió una taza de té, el reloj marcaba las veinte treinta y cinco. Buscó ideas en sus experiencias cotidianas, éstas corrían, volaban, como niños jugando a pillarse. No logró concretar alguna de ellas. Pensó en los blogs de sus amigos virtuales, recordó que llevaba semanas sin leer y comentar en ellos; el tiempo parecía escurrirse en cada respiración, como hoyos negros en la existencia. Pensó escribir una disculpa en su blog, una sensación de angustia lo hizo desistir.
Se sentía agotado, muchas horas de trabajo, luego pasar a comprar provisiones, para llegar a casa y tener que fregar las ollas y platos de la noche anterior, asear, cocinar; quizás ni siquiera alcanzaría a hacer su rutina de ejercicios.
Decidió escribir un poema, eso era más natural para él.
Buscó la inspiración en un amor que por imposible, se hacía imaginario, y se escondía en el mundo de los sueños.
Su estrella del Norte se había apagado y su poesía lloraba soledades.
Hasta la estrella anónima se perdía en la distancia.
Finalmente buscó entre sus antiguos escritos, un poema dedicado a un antiguo amor, que por perdido, agigantado, saltó desde un rincón como felino, después de años, liberado. Hablaba de un amor de elefante herido.
Cuando estaba terminando de publicar, vio la hora, las veintiuna con quince, se le hacía tarde para empezar a cocinar.

19 marzo, 2006

LA BÚSQUEDA

La mujer se quedó de pie, con su gran faldón, en medio del salón, esperando con gesto adusto que entraran los visitantes. Al llegar, uno de ellos dijo:
- Madre, le pido disculpas por la interrupción, estamos buscando a un peligroso rebelde, que se ha atrevido a disparar y herir en un brazo a mi General-

La religiosa férrea, inmóvil, les hizo una seña con el brazo, como invitándolos a buscar en el convento, al tiempo que decía:
- Les pido extremo respeto por mis novicias, que a esta hora se están despertando, cuando ellas se hayan levantado, pueden revisar en sus habitaciones.
- Gracias madre, seremos cuidadosos- dijo el que mandaba el pelotón.

La superiora, mujer joven, de unas treinta y seis años, se mostraba cooperadora, aunque su rostro dejaba ver el malestar que le producía la presencia de los agentes.
Las novicias a medida que fueron llegando al salón se ubicaron alrededor de la superiora, como hormigas protegiendo a su reina. Mientras la decena de hombres armados, revisaba hasta el último rincón.

El hombre se sintió invadido por una sensación de agrado ante la proximidad de su cuerpo, sin hacer movimiento alguno, disfrutó del aroma de esa suave piel, su respiración se fue agitando, un calor invadió su cuerpo y empezó a experimentar una incipiente erección. Con extrema delicadeza, apoyó su mejilla en el muslo, ella respondió con un leve temblor, que él interpretó como una señal de aprobación, por lo que suavemente deslizó sus labios hasta el pubis, donde se detuvo a disfrutar del aroma a violetas que ese magnífico cuerpo exhalaba. Ella se sintió húmeda, él la sintió humedecer, en el silencio estaban siendo cómplices de una emergente pasión.

Terminamos madre, dijo el agente, le pido disculpas por las molestias, si ve a alguien rondando por aquí, llámenos.
La religiosa, asintió con la cabeza, hizo una seña a la encargada de las llaves, para que ésta cerrara las puertas después que los agentes hubiesen salido.
Cuando quedaron solas, la superiora hizo un gesto y todas las novicias volvieron a sus habitaciones.
Al quedar sola en el salón, se levantó el faldón y dijo:
-Salga, ya está a salvo-
-Va a tener que quedarse unos días, porque los agentes estarán vigilando el convento-.

16 marzo, 2006

TODO TIEMPO PASADO...

Mi tía siempre está diciendo que todo tiempo pasado fue mejor. Así, vive añorando rutinas, procedimientos, artefactos y estructuras de otro tiempo.
Por el contrario, mi hijo adolescente, siempre está deseando que se invente algo o se mejore lo inventado, algo así como un “up grade” de la tecnología.
En ocasiones mi gusto por la “Ciencia Ficción” me hace desear autos voladores, ascensores de vacío, viajes interestelares y desde luego robots, con diferentes habilidades al servicio de la humanidad. Independientemente de eso, valoro ciertos ritos que nuestra sociedad ha desechado, quizás producto de la agilización de las relaciones sociales, por efecto de la influencia de la tecnología. A propósito, se me viene a la memoria el especial significado que tenía esperar a que la operadora estableciera una comunicación telefónica de larga distancia, eran momentos de emoción y suspenso. Para los que vivimos eso, que una conexión de Internet demore un minuto, constituye una comunicación de gran rapidez; para mi hijo resulta una eternidad.
Y no puede ser de otra manera, ya que la misma tecnología ha cambiado la concepción del uso o inversión de nuestro tiempo. Gran influencia ejerce el cine comercial, capaz de consumar el amor en un tiempo breve. Con algunas excepciones como el clásico “Cuando Harry conoció a Sally”, en la mayoría de los film, en diez minutos, los protagonistas se conocen, se enamoran, hacen el amor y se fuman un cigarrillo. Bajo esta influencia, nuestras relaciones se vuelven desechables.
Quizás esto moleste un tanto a mi tía. Si pensamos que en su juventud, adquirir una línea telefónica era un proceso que demoraba hasta diez años, y el aparato o equipo telefónico era prácticamente eterno, debe producirle angustia llamar a un número telefónico que le dieron un mes atrás y recibir por respuesta “El número que usted llama está vacante”.
Hoy casi todo es desechable, o viene en envase no retornable, lo que desde luego es una comodidad a la hora de comprar nuestra bebida favorita.

En definitiva, son muchos los que de una u otra forma, sufren los cambios en las relaciones interpersonales, deseando que
en una relación, que les acomoda o los mantiene atrapados por los lazos invisibles del amor, “el otro” haga esfuerzos por mantenerla, en lugar de “tirarla” y buscar otra.
Como diría mi tía:
Cuando te di mi amor, no decía desechable, decía no retornable.


15 marzo, 2006

UNA PROPUESTA DECENTE

Pensó encontrarla al día siguiente en el Café, e inmediatamente invitarla a hacer el amor. Se imaginó posibles respuestas, se puso en el caso de cada una de ellas, e ideó un plan de acción para cada una. Si ella accedía inmediatamente, cosa que veía improbable por el tipo de relación que hasta ahora habían mantenido, en un marco de amistad aunque no ausente de un inconfesado deseo por su parte, la invitaría a un motel sencillo, en términos de ornamentación (más cerca de lo romántico que de lo erótico).
Si ella creía que era una invitación demasiado íntima para comenzar una relación amorosa, le propondría un acercamiento paulatino, un hacer el amor que partiera con acariciar su cabello y besar sus mejillas y su frente aquel día, y dejar que el tiempo juntos les permitiera profundizar la relación. Lo importante era confesarle de algún modo el dolor que experimentaba su cuerpo al no poder abrazarla y decirle cuanto la deseaba.
Pensaba que aunque ella también lo deseara, no aceptaría estar con él mientras estuviera casado, aunque supiera que su relación matrimonial lo hacía desdichado y que estaba en ella, principalmente por los niños.
Lo pensó, le dio vueltas, sentía que tenía que ser franco con lo que estaba sintiendo, sin embargo sentía temor: de que en la espera, ella se enamorara de otro; y de que su propuesta, aparte de encontrar una respuesta negativa, rompiera con la relación de amistad, lo que significaba perderla para siempre. ¿Valía más la pena esperar? A ser libre, mantenerse un tiempo más casado por los hijos y llegado el momento intentar algo estructurado con ella. O era más sensato continuar casado y proponerle una relación de profundo amor, furtiva, en la que ambos podían ser inmensamente felices, auque no plenos, por no poder compartir todos los momentos de la vida.
Quizás la espera terminaría matando ese amor.
Sacó fuerzas y se prometió a si mismo actuar en forma decidida al día siguiente. Intentaría convencerla de dejar de lado las viejas tradiciones, las promesas, las rígidas estructuras mentales y entregarse a un amor desenfrenado y sin límites.

Esa noche se acostó pensando en ella, en el encuentro del día siguiente.
La encontró en el Café, pero algo estaba distinto, ella no estaba sola, estaba rodeada de gente que no le dejaba la opción de hablarle tímidamente al oído. Se enteró en ese momento de que ella había sido nombrada ministra o vice ministra del nuevo gobierno y que todas esas personas eran sus ayudantes y guarda espaldas personales, que en todo el encuentro, le impidieron confesarle su amor a través de la propuesta. Cuando la decepción lo embargaba, despertó, estaba amaneciendo, se sentía casi tan cansado como al acostarse.

Inmediatamente supo que no sería capaz de invitarla a hacer el amor, que cuando más, intentaría, no sin dificultades, contarle, que había soñado con ella.

12 marzo, 2006

FIN DEL VERANO

La discoteca funcionaba desde el veintisiete de diciembre hasta el 9 de marzo, en la temporada veraniega. Javier trabajaba de barman, oficio que había aprendido de un compañero de universidad. Todos los que allí trabajaban eran compañeros de carrera, incluyendo al dueño, Sebastián, que aunque sólo un par de años mayor, estaba casado y debía emprender cada verano un negocio de ese estilo, para obtener dinero y vacacionar al mismo tiempo.
Terminada la temporada, el primer día de marzo, Javier viajó a la ciudad a matricularse en la universidad. Después de matricularse, decidió volver a pasar los primeros días de marzo junto al mar.
Al llegar ala discoteca, todos comentaban la aventura de la noche anterior: la joven muchacha, a la que llamaban “la Rucia” por el color rubio de su cabello, había raptado a Sebastián, lo había llevado a su casa y prácticamente lo había violado. Comentaban que era una mujer bellísima, quizás la más bella mujer de la temporada, y que volvería esa noche.
Al anochecer, Javier se cambió de ropas y se instaló en el bar, a acompañar a uno de sus amigos, que seguía haciendo turno. La discoteca abrió sus puertas a eso de las once de la noche, cuando estaba empezando a llegar público, apareció la esposa de Sebastián, con el hijo en sus brazos, provenientes de la ciudad.
Al poco rato, apareció “la Rucia”, vestía un traje negro ajustado, que dejaba ver una espectacular figura, se acercó al bar y preguntó por Sebastián. La atendió Javier, le explicó que había llegado la esposa de Sebastián. “La Rucia” se molestó un instante, luego sonrió y dijo: -dame agua- Javier llenó un vaso con soda y se lo alcanzó, ella dio las gracias y continuó diciendo: -Mis amigas están borrachas, en el automóvil esperándome-
Javier no podía dejar de mirarla, ella lo advirtió. Luego la muchacha dijo: - La verdad es que no están borrachas, tomaron anfetaminas- y prosiguió: -me tengo que ir, más tarde vuelvo-.
La noche transcurrió tranquila, a eso de la una de la madrugada, Sebastián se acercó al bar y Javier le comentó lo sucedido. Sebastián agradeció el gesto, si su esposa se hubiese enterado, habría sido un desastre. Javier preguntó el nombre de “la Rucia”, Sebastián dijo ignorarlo, -Sólo sé que es una bailarina de cabaret, que está empeñada en tener más amantes que su hermana mayor, está cansada de ser la hermana chica- Continuó: -Me llevó a una casa en el balneario de más al norte, allá hicimos el amor muy desinhibidamente y luego me vine. Olvidé preguntarle su nombre.
A eso de las dos treinta de la madrugada, el cansancio del viaje obligó a Javier a acostarse, tenían un dormitorio en la parte posterior del local.
De pronto en medio de su sueño, sintió que lo tomaban del brazo: ¡Javier, Javier! Despierta, es “la Rucia”, dice que quiere al de camisa blanca, decía con voz agitada Sebastián. Javier despertó sin entender las palabras. Cuando Sebastián lo hubo dicho tres veces, comprendió el alcance del mensaje, de un salto se incorporó, se vistió y fue a la puerta del local, donde esperaba la bella mujer. Se saludaron, ella le ofreció una anfetamina, él aceptó, la joven metió su mano dentro de su sostén y sacó una píldora, Javier la recibió y la puso en su boca, y la tragó con un poco de licor de una botella que había tomado del bar. Le ofreció licor a la muchacha, esta movió la cabeza negativamente. Se sentaron en el pequeño automóvil Renault de Sebastián, estacionado frente a la puerta del local, después de una breve charla, ella lo besó en los labios, él respondió el beso y la situación fue muy ardiente, la imaginación de Javier funcionaba a alta velocidad. De pronto ella dijo: -vamos a mi casa- él asintió. Ella dijo: -Voy a ver si hay espacio- Se bajó del automóvil, caminó hacia el callejón, se subió a un automóvil grande y lujoso, manejado por un hombre, al parecer de cierta edad, Javier sólo distinguió su calvicie. El automóvil se alejó velozmente del lugar, por la carretera hacia el norte. Allí quedó Javier, con media botella de licor en la mano, una anfetamina en su organismo, lista para hacer efecto, solo, parado en medio de la calle.
Por el escaso movimiento, debían ser las cuatro de la madrugada.
Pensó: mala broma esta, difícil que “la Rucia” vuelva, y más difícil dormir con una anfetamina en el cuerpo. Entró al local, subió las escalas y se quedó en el salón, ya vacío, mirando por una ventana.
No habían pasado quince minutos, cuando en la soledad de la noche, apareció el lujoso vehículo, con el hombre calvo al volante y la joven atrás. Ella se bajó del coche y cuando llegó a la puerta, Javier ya la había abierto. Ella dijo: lo siento, la casa está llena de gente, ¿acá tienes espacio? Sí, respondió Javier, pasa.
Subieron las escalas y al llegar al salón, Javier juntó cuatro banquetas largas, que semejaban una cómoda cama, y preguntó: ¿que te parece?
Ella dijo: -estoy segura de que si me desvisto, aparecerán todos tus amigos- Antes de que Javier intentara convencerla de lo contrario, la muchacha dijo: -Pero no me importa- y comenzó a desvestirse.
Era bellísima, Javier quedó extasiado. Hicieron el amor largo rato, después de tener varios orgasmos, en una forma un tanto mecánica, la mujer se incorporó y dijo: -me tengo que ir- Se vistió y con un: -Mañana vuelvo mi amor- se despidió. Javier la encaminó hasta la puerta, la vio subirse al lujoso automóvil que la esperaba, y se marchó.
Javier volvió a su cama e intentó dormir, no logró hacerlo profundamente, cuando amaneció se incorporó pensando que había sido un sueño. Caminó hasta el salón y encontró una traba para el pelo, unos cigarrillos y una mancha en la tela acolchada de las banquetas, todos, fieles testigos de lo real de la noche anterior.
Salió, caminó hacia la playa, los aseadores preparaban el lugar para los turistas que aún quedaban en el fin de temporada.
La noche siguiente, la joven no volvió.
Nunca volvieron a verla.

Han pasado los años, Javier y Sebastián, cada fin del verano, recuerdan la historia, y cada vez, mencionan una frase perteneciente a una famosa película protagonizada por Sean Connery, para lamentar que nunca conocieron “el nombre de la rosa”.

08 marzo, 2006

TRAVESÍA

Dejó su maleta en el suelo, se estiró en su cama, y se durmió. Venía de recorrer miles de kilómetros, muchas horas de viaje, y traía tantas sensaciones, como prendas en su maleta.
Un sueño lo envolvió, una gran ciudad, poblada de hermosa gente morena, con un ritmo fascinante en la sangre. Soñó que se desplazaba por las calles, a veces caminando, a veces en automóvil, a veces en metro. Lo que le quedaba claro era que ella lo estaría esperando. Debía atravesar un gran Parque, uno que quedaba en el Este, luego un Jardín Botánico, después llegar a una hermosa playa, donde ella estaría contemplando el mar, con su cabello al viento.
Buscó el Parque, preguntó a la gente que pasaba apurada, nadie tenía tiempo para él. Decidió caminar, un gran dolor en el talón de su pie izquierdo hacía lenta su marcha, se hizo de noche, las imágenes dentro del sueño se entremezclaban. De pronto, se encontró buscando el Jardín Botánico, al parecer debía encontrar allí una flor, para llevar a su amada. Algo lo demoró, una espera que se hizo eterna, como a menudo los sueños juegan con el tiempo. Cuando logró llegar, el Jardín estaba cerrado, una gran reja, que al pararse junto a ella, llegaba al cielo. Soñó que se iba sin la flor, pensando que lo importante era llegar hasta su amada. Avanzó rengueando, al volver a las calles, cogió un taxi, antiguo, conducido por un hombre amable, que escuchaba una música con ritmo tropical. El conductor, al ver la cara del hombre, un tanto triste, o quizás ansiosa, cambió la música por otra romántica, aunque folklórica. Cuando por fin llegó a la playa, lo primero que vio fue a su amor, no llevaba el cabello al viento, llevaba un sombrero verde; y no estaba sola, estaba con un hombre que sostenía una flor entre sus manos, se la ofrecía a su amada y ésta la ponía en su oreja. Los miró a la distancia, ambos reían. Intentó alejarse, correr, sin embargo sus piernas no le respondían, se volvían de lana, una mala pasada que hacen los sueños a las piernas cuando se desea arrancar.

02 marzo, 2006

EL COLIBRÍ

El hombre se internó en el pequeño bosque y se dispuso a meditar. Su columna se alineó y su quietud fue la del bosque.
Su respiración fluía y su mente se blanqueaba, haciendo elevarse a Kundalini, la serpiente de fuego. En ese instante un bello sonido lo trajo de vuelta. Se trataba de un colibrí que aleteaba detrás de él, muy cerca de su cabeza. El hombre giró, extasiado con la hermosa imagen.
El colibrí lo miraba fijamente, como intentando establecer quien tenía la mirada más fuerte y penetrante. El hombre pestañó primero. Al abrir los ojos nuevamente, el ave ya no estaba, en su lugar, una bella mujer, cuya sonrisa iluminaba todo el bosque, alargaba los brazos hacia él, invitándolo.
Los días que siguieron fueron como un sueño, un gran sentimiento, una inmensa pasión. Las noches al lado de esa mujer, fueron mágicas.
Un día ella se fue, quizás convertida en colibrí (sólo quedó una hermosa pluma de su cola) escapó del invierno que se avecinaba, o tal vez arrancó de la Gripe Aviar.

A la distancia el colibrí quizás piense que el hombre está esperando que aparezca otro colibrí.

El hombre solamente volvió al pequeño bosque, se sentó y alineó su columna, hizo fluir su respiración, vació su mente y fue uno con el bosque.



OTRA DE CARACAS

Durante mi breve estadía en Caracas, varios días acudí a un local del edificio Centro Polo a usar Internet, para comunicarme con mis hijos, hacer trámites bancarios, revisar el correo y otras tareas que se han convertido en rutina en mi vida.

Cuándo se iba a imaginar mi abuelo, él trabajó toda su vida en la oficina de telégrafos, que llegaría el día en que el telegrama dejaría de existir. En aquellos días una carta demoraba en llegar a su destino, entre tres días y seis semanas, dependiendo de la distancia que debiera recorrer, por ello, el telegrama, que demoraba un día, resultaba casi instantáneo y algo mágico también. Aún recuerdo la conmoción que producía la llegada de uno, en la época de mi niñez, lo más probable es que fuera portador de malas noticias, en otras palabras, mientras no llegara un telegrama todo estaba bien.
Hoy, gracias al teléfono, de red fija o celular, te enteras inmediatamente de lo que sucede, aunque sin duda, Internet, como medio de comunicación a distancia es lo más efectivo, ya que incluye texto, sonido, imágenes, y me imagino en un tiempo no muy lejano, olores. Cierto, como las cartas de los tiempos de mi abuelo, portadoras del perfume de la dama que las enviaba.

El caso es que uno de esos días, al llegar al local de Internet, el muchacho que atendía, me indicó que no había equipo disponible en la planta baja, y señalando el segundo piso, me asignó el equipo número veintisiete. Subí, hice lo acostumbrado, y al bajar y pedir mi cuenta, me llamó la atención que ésta era el doble de lo habitual. Al consultar, el muchacho me indicó que el segundo piso era VIP, y que la tarifa era el doble. Debo señalar que la única diferencia entre la planta baja y el segundo piso, era que la gente que arriba ocupaba equipos, lo hacía para trabajos, a diferencia del primer piso, atestado de jóvenes jugando en línea.
Inmediatamente recordé el servicio de correos del tiempo de mi abuelo, que tenía diferentes tarifas según fuese correo certificado, normal o aéreo, lo que implicaba mayor o menor rapidez y/o seguridad. Claramente no era el caso, ya que en ambas plantas los equipos eran similares y el ancho de banda el mismo.

En ese momento, recordé las panaderías de mi país, en ellas, venden un pan (el más sabroso de todos, las Marraquetas) denominado corriente, y todo el resto, se denomina especial. Por supuesto el corriente es más barato. Lo interesante es que cuando se acaba el pan corriente, venden el pan especial a precio de corriente.
Me pareció que este era el caso, ya que en ningún momento solicité un equipo en la planta VIP, y si subí, fue porque no quedaba equipos disponibles en la planta baja. Explique esto al muchacho, éste me miró como quien mira a un marciano, especialmente cuando le hablé de las panaderías de mi país.
Finalmente me cobró como si fuese la planta baja. Sin embargo algo me quedó dando vueltas, casi con nostalgia, el aroma de las cartas que recibía mi abuelo y el olor de las Marraquetas.


01 marzo, 2006

LOS BUHONEROS DE CARACAS

Saliendo del Metro en la estación Capitolio, en pleno centro de Caracas, sentí que naufragaba en un mar de vendedores ambulantes (buhoneros), mi sorpresa ante todo, se debió a que de ambulantes sólo tienen el nombre, ya que están sumamente establecidos en la calle. Aunque a diferencia del comercio establecido, no pagan impuestos y venden sus artículos a un precio por debajo, hasta en un cincuenta por ciento respecto de éste.
No se trata de unas pocas personas, con sus mercancías en pequeños trozos de tela, ubicadas en el suelo, las que toman de las cuatro puntas y recogen cuando aparece la policía, sino de miles de personas, con mesones, sillas y estanterías, algunas de ellas, “colgadas” del tendido eléctrico, que según me cuentan, proliferan como los hongos en un organismo vivo. Imagínense un limón que queda olvidado, y cuando lo encuentran tiene una parte blanqueada por los hongos, le quitan con un cuchillo la parte “mala” y piensan: mañana lo uso en mi almuerzo. Al día siguiente lo buscan, está más de la mitad con hongos y terminan botándolo.
Afortunadamente el cuerpo humano, al contraer hongos, el síntoma, generalmente picazón, nos lleva a visitar al médico, éste nos receta una pomada, que termina con los hongos.
En el caso del limón, el problema es que no existen médicos limones, que se dediquen a recuperar la parte invadida por los hongos. Hablando de Caracas, la labor de médico le correspondería a las autoridades, que dicho sea de paso, son parte de un gobierno, que ha hecho hasta ahora, más de lo que ningún gobierno anterior hizo por mejorar la situación de la gente, especialmente en la labor de terminar con la gran inequidad que ha azotado a los pueblos latinoamericanos durante su historia, sin embargo, dichas autoridades, no han podido terminar con el problema. ¿La razón? muchas, sin embargo una importante, los Buhoneros han apoyado al presidente Chávez, durante toda su permanencia en el cargo.
Es como si los hongos fueran amigos del médico.
Entonces cuando aparece la policía, nadie se inmuta, y los policías también compran allí, lo que es natural ya que venden muy barato.
Me cuentan que en ocasiones se ha hecho el intento por llevar a los vendedores a recintos especiales, para que ofrezcan allí sus mercancías, y enseguida aparecen otros instalados en el centro.
Como dice el refrán: “Donde fueras, haz lo que vieras”, así, compré un excelente CD, por la módica suma de un dólar, cooperando con la existencia de vendedores ambulantes, no sin antes lamentar que al igual como “los árboles no dejan ver el bosque”, ellos no dejan ver el Centro.

25 febrero, 2006

CARTA DE EVA IV

Ya deseaba publicar otra cosa, pero como en mi país está muy en boga lo paritario, he subido esta cuarta Carta de EvaAmado Julián:

Si te he hecho llegar esta carta es porque no estoy dispuesta a verte, ni una sola vez más en mi vida.
Dudo que vuelva a sucederme algo tan fuerte e importante, en el plano amoroso, como conocerte a ti. Jamás creí en el amor a primera vista, pero contigo, se rompieron muchos de mis esquemas. Aún recuerdo la tarde de nuestro primer encuentro, fue verte y amarte. Pensar que todo estaba dado para que fuésemos felices, yo te amé, tú me amaste, ninguno de los dos tenía compromisos; en el plano sexual, nos entendimos desde el primer instante que estuvimos juntos, en fin, todo “miel sobre hojuelas”.
Sin embargo, nada ni nadie es perfecto en esta vida, y al poco tiempo fui descubriendo tu afición al alcohol y la cocaína.
En un principio, los fines de semana, luego a partir del día sábado y finalmente todos los días.
Para serte franca, bajo el efecto de las drogas, porque para mí el alcohol es una droga, no eras el mismo. Dejaste de ser el hombre luminoso, ese ser lleno de bondad que vi el día que nos conocimos, hasta “el la cama” dejaste de funcionar, necesitabas cocaína para conseguir una erección.
No por eso dejé de amarte, te consta, y también a nuestras familias y amigos. Todos saben que hice importantes esfuerzos por sacarte de la adicción. Trabajé extra para pagar la clínica, para qué, para que la abandonaras antes de terminar el tratamiento.

Sabes, una relación de pareja es mucho más que vivir juntos y “tirar rico” como decías, es proyectarse juntos al futuro y establecer ideales comunes. No estoy descubriendo nada al decir esto, sólo pretendo que entiendas que a pesar de amarte, no estoy dispuesta a vivir un minuto más contigo. Ya no intentaré cambiarte, es desgastador y “neurotizante” vivir para hacer cambiar a la persona amada.
Por eso te digo: no me busques, no me llames.
Ah, no sacas nada con llegar hasta mí con el viejo cuento que “estás limpio”, ya no te creo.
Finalmente quiero decirte que habría podido seguir aguantando la situación, pero hay un tema de principios: desde muy joven dije que nunca, ¡entiende bien! Nunca soportaría que un hombre me golpeara, por eso, aunque te ame, no me resta más que decirte adiós.

P.D.: El dinero que te llevaste, que habíamos ahorrado para comprarnos un apartamento, puedes bebértelo, al igual que tu amor, ya no me interesa.


24 febrero, 2006

CARTA DE EVA III

Recordado Ricardo:

Ahora que ha pasado tanto tiempo, me animo a escribirte, sin rencor, sin resentimientos, sólo con la convicción de que al leer esta carta me estarás añorando.
Nunca comprendiste mi respuesta, una respuesta que nacía del cansancio, la incertidumbre, la rutina y la soledad.
Recuerdo esa noche como si fuese ayer, querías hacer el amor, me acariciaste el cabello, los muslos y me besaste, yo no te respondí el beso, entonces, sólo entonces, percibiste “que algo no andaba bien”.

Y cómo no, si era yo la que me quedaba día tras día en casa, cocinando, cuidando a nuestros hijos, lavando, planchando, haciendo aseo. ¿Sabes lo difícil que es estar a cargo de una casa, y ver como se van deteriorando las cosas; así se fue deteriorando mi amor por ti, al punto de no desear levantarme en la mañana y de no desear que llegaras por la noche, insensible a lo que yo sentía, sintiéndote el protagonista absoluto de una historia, en la cual los hijos y yo éramos los personajes secundarios, necesarios para que siguieras adelante.

Sólo en ese momento advertiste una falla en el sistema, ese egoísta sistema, y preguntaste con voz de galán enamorado (creo que estabas enamorado de mí todavía),
-¿Qué te sucede mi amor?-
Y yo la tonta, que con la experiencia de hoy te contestaría:
-Estoy tan cansada- o quizás:
-Estoy tan preocupada por los frenillos de Martín-, o cualquier otra cosa con tal de salir del paso, te contesté:
-Creo que ya no te amo-
Cómo iba a imaginar que en tu idealismo adolescente mi respuesta causaría un desastre y nos llevaría a una “dolorosa” separación.
En una ocasión me contaste que esa misma noche te habrías ido de casa, de hecho, al día siguiente me preguntaste si quería que te fueras, argumentando que mi amor era lo más importante para ti.
Sin embargo, te amaba, aún te amo, por eso maldigo la noche en que te respondí desde mis sensaciones y poca experiencia.
Es lamentable que nunca pudieras superar mis palabras de aquella noche, y te envolviera la desolación y la desesperanza, que al poco tiempo te llevaron a canalizar tu dolor en una relación efímera con una mujer demasiado joven para ti.
Es cierto que mi reacción de hembra enfurecida la alejó de ti, es verdad que no me comporté muy dignamente, pero no podía ser de otro modo: aún te amaba.
Después las heridas hicieron el resto y nunca pudimos reparar el daño.

Hoy vivo con un buen hombre (debo reconocer que no lo amo), al que le tengo mucho cariño. Puedo decir con orgullo que para él soy una excelente compañera y amante. Por las noches, aunque esté agobiada, lo espero con mi mejor cara y apariencia sexi, y hago el amor aunque no sienta muchos deseos, y si es necesario, finjo un orgasmo. Él es feliz, y eso me hace feliz a mí.

Por nuestros hijos, siempre estoy sabiendo de ti, sigues solo después de tantos años.
Tu vida amorosa ha sido una secuencia de aventuras, en las que, con ese idealismo adolescente, buscas aún “el amor de tu vida”.
Sinceramente espero que algún día encuentres una mujer, lo suficientemente asertiva, que te entienda y te devuelva la confianza, que esa noche, a raíz de mi respuesta, perdiste. Aunque sea en los últimos años de tu vida, una compañera en algún hogar de ancianos, época en la que seguramente ya vas a haber madurado.


22 febrero, 2006

CARTA DE EVA II

Querido Raúl:

Espero sinceramente que al recibir estas letras estés bien y seas feliz. Es lo menos que puedo desear al hombre que más he amado en la vida.
Te sorprenderás al recibir esta carta después de casi un año de nuestro alejamiento, sin embargo no me perdonaría jamás te quedaras con una impresión errónea de nuestra relación y ruptura, y sobre todo sin saber que te recordaré toda la vida.
Los dos años que estuvimos juntos fueron para mí un tiempo muy feliz, aunque a partir del segundo año, empecé a sentir esas sensaciones que me han acompañado desde los años de la adolescencia.
La primera vez que te fui infiel, no sólo me arrepentí, sino, me sentí ruin y muy mala contigo, que me amabas tanto, y lo peor es que el hombre con que lo hice, ni siquiera me agradaba. Te estarás preguntando por qué lo hice entonces. Ni yo misma lo sé. Aunque si he de ser sincera en lo que supongo nuestro “último encuentro”, extraeré un par de razones de lo más profundo de mi inconsciente.
La primera, es la tendencia autodestructiva que me invade, cuando siento que todo en mi vida está ordenado y bello, contigo así lo sentía.
La segunda, es mi gran necesidad de sentirme deseada por los hombres, especialmente cuando me siento deprimida. En esos momentos tendría encuentros sexuales con cualquiera, sin necesidad de sentirme atraída, es algo que tiene que ver con mi autoestima.
Como puedes ver, estoy convencida de que “lo arruiné”, un amor tan bello, tan divinamente bello, no se puede mantener con tal sentimiento de culpa.
Tú no tuviste ninguna culpa en nuestro rompimiento, y quizás tu único error, fue amarme demasiado, hacer de nuestra relación algo sublime, algo perfecto, que me impulsó a romperlo. Así el traicionarte, fue para mí como destruir una “Torre de cristal”.
Sé que no volveré a tener una relación tan maravillosa, ni un hombre con tantas cualidades a mi lado, sin embargo mis necesidades más profundas me llevan por otro camino. A veces llego a pensar que soy una “perdida”.

Me has dicho que a pesar de todo, aún me amas, que vuelva contigo. Mi respuesta es que no puedo, no quiero hacerte más daño del que ya te hice, créeme, terminarías odiándome, y eso me haría morir de tristeza.
Para tu consuelo, nunca seré la “pareja” de otro con la convicción con que fui tu mujer, y creo que los hombres que estén en mi vida serán sólo pasajeros.

Te amo.


18 febrero, 2006

CARTA DE EVA I


Estimado Manuel:

Si he decidido escribirte esta carta es por dos razones: La primera, es porque lo que tengo que decirte, no estoy dispuesta a decírtelo en persona, porque lo tomarías como una crítica, te entraría por un oído y te saldría por otro, en cambio esta carta, estoy segura la leerás infinitas veces, dado lo obsesivo que eres, lo que me lleva a acordarme que no podía rechazar un sólo día tu invitación a hacer el amor, sin que argumentaras que no te amaba. Así es, querías hacerlo todos los días del año, sin excepción.
El otro motivo por el que no te digo esto a la cara es porque inmediatamente iniciarías una discusión, sólo para que te encontrara la razón, lo que terminaría en una ruptura, cuyo único objetivo, para ti, sería la reconciliación, con el consabido encuentro sexual, a lo que definitivamente no estoy dispuesta.

Hace un tiempo, cuando te pedí que termináramos nuestra relación, me preguntaste la razón, es verdad que en la ocasión callé, me llamaste unas cien veces preguntándome mis motivos, y te contesté que no te lo diría por teléfono, pues bien, este es el medio que he elejido para responderte, y espero que lo aproveches.
Si he de ser franca, debo decir que nunca fui feliz, nunca sentí real satisfacción al hacer el amor contigo, no es que tú no respondieras, de hecho lo hacías, recuerdo que pasábamos horas haciéndolo, sí, horas para poder tener un orgasmo. En favor tuyo, debo reconocer que eras capaz de esperarme durante ese tiempo. Para serte franca, me sentía más haciendo gimnasia, que haciendo el amor.
Conociéndote, seguro que al leer esto, pensarás que me ayudabas a mantenerme en forma, y que ese sería tu argumento si lo estuviésemos conversando, pero te digo, ¡Tanto esfuerzo para un solo orgasmo, terminó aburriéndome.
No pongo en duda tu calidad de amante, ni el amor que por mí sentías, más aún, estoy segura que harás feliz a la mujer que se enamore de ti, y desde luego te deseo suerte en ello, no obstante, lo que siempre me va a sorprender, es que después de pasado un tiempo de nuestra separación, cuando más convencida estaba de lo fome* de nuestras relaciones sexuales, me dijeras que yo, era la mujer con la que mejor lo habías pasado en tu vida.

* (He usado la palabra fome, para indicar algo muy poco atractivo, es un término que se usa mucho en mi país)

12 febrero, 2006

CARTA DE AMOR IV

Verónica:

Si te escribo esta carta es porque siento que entre nosotros quedaron muchas cosas pendientes, situaciones que no se aclararon, especialmente de parte tuya.
Lo primero que me gustaría decirte es que yo era sumamente feliz contigo, después de doce años divorciado, había hecho un compromiso matrimonial y estaba dispuesto a formar una familia.
Es cierto que yo tengo hijos, aprovecho de decirte que ellos también te querían mucho, aun así, estaba feliz con la idea de tener hijos contigo.
Es verdad que nunca he sido un tipo muy organizado, que siendo artista, me cuesta mucho lo económico, lo cotidiano, y que contigo estaba aprendiendo a hacerlo, es verdad también que le estabas dando un giro a mi vida, sin embargo la situación rebasó los límites de lo que para mí es aceptable.
Muchas veces me hablaste de Esteban, tu amigo del alma, ¿sabes? Yo soy "normalmente" celoso, no soy una persona que me ande imaginando situaciones, por eso, en este tiempo que estuvimos juntos, un año y medio, que para mí no es poco, nunca sentí celos de él, nunca me imaginé cosas ni te creí capaz de lo que hiciste.
Dicho de otro modo, si tú hubieses estado comprometida o casada, yo habría aceptado la situación, ya que el amor que por ti sentía, me habría bastado para mantenerme a tu lado, aunque hubiese sido en forma “clandestina”.
Si por el contrario, una vez estando conmigo te hubiese gustado otro hombre y me lo hubieses dicho, creo que también habría podido aceptarlo, habría esperado a que estuvieses más clara en tus sentimientos, sin sentirme maltratado.
Pero lo que pasó aquella tarde me superó totalmente.
Sabes lo que más me duele, es sentirme estúpido, sentir que te burlaste de mí.
Aquella tarde, cuando dijiste que te ibas para tu casa, algo me vibró mal, y si te seguí a la casa de Esteban, no fue por celos, fue por curiosidad. Ver tu automóvil estacionado frente a su casa más de cuatro horas me extrañó, esperé con paciencia, cuando te fuiste a eso de la medianoche, me armé de valor y golpeé su puerta, al abrirme se sorprendió, me preguntó que hacía a esa hora en su casa, le contesté que sentía curiosidad, legítima curiosidad de un hombre que no entiende que su novia, futura esposa, haya estado de visita en su casa tanto rato.
Fue allí que empezó la pesadilla, si él hubiese actuado como amante secreto, me hubiese mentido, me hubiese dicho algo así como: “no es lo que tú piensas” o cualquier otra cosa, la situación habría sido soportable, pero, escuchar de sus labios, que tú eras su novia, que estaban juntos hace un año y medio, y que pensaban casarse, fue para mí un balde de agua fría.
Ah, cuando yo le conté lo nuestro, él también se puso a llorar.

11 febrero, 2006

CARTA DE AMOR III

Amada Claudia:

Hace tiempo quería escribirte esta carta, para decirte muchas cosas que no dije en su momento, no porque no las quisiera decir, sino porque pensé que no te gustaría escucharlas, o quizás que no te interesaría oírlas. Talvez esto demuestre el poco valor que tuve en aquel momento, aunque yo lo califiqué de prudencia y hoy pasado los años, de cobardía. Es que en algún lugar de mi alma, temí encontrarme de lleno con tu desprecio, lo que me habría dolido más que la soledad de estos años.
Pero no te equivoques amor, la soledad que te menciono ha sido una soledad selectiva, soledad de ti, porque otras mujeres, hubo en mi vida, y muchas, además parecidas a ti, como se parece una bebida cola a la otra, la imitación a la original, ya que para mí, nunca habrá otra igual a ti.
Si me alejé de ti sin explicación alguna, si te abandoné no fue porque el inmenso amor que por ti sentía, se haya ido, fue por otras razones, o tal vez una, o varias que tenían su origen en una, eras una mujer casada. A decir verdad nunca me importó mucho tu esposo, lo que me llenaba de sentimientos encontrados era tu pequeño hijo (Habría deseado con toda el alma que fuese mi hijo), su dulce sonrisa, que no era fácil, a costa de nuestra felicidad, cambiar por lágrimas. Sí, porque si hubieses abandonado a tu esposo el niño habría sufrido, tu esposo también, aunque ya sabes que él no me importaba. Es verdad que nunca te lo pedí, ni que dejaras a tu esposo, ni que te fueras conmigo, ¿Por qué? Bueno, en parte porque no habría soportado ser un “rompe matrimonios”, también porque me entran dudas a la hora de construir sobre cenizas, quizás porque no estaba seguro de poder hacerte feliz mucho tiempo, y por qué no decirlo, no habría soportado un “no” por respuesta. Pudo ser cobardía, sin embargo prefiero llamarla prudencia.
Ahora que han pasado años, tiempo en que no hiciste ni un amago siquiera por llamarme, me entero de que te separaste poco tiempo después de mi alejamiento, que estás sola, en el sentido que no has vuelto a vivir con un hombre, aunque te has dejado querer, por todos los que han admirado tu belleza y gentileza.

Amada Claudia, siempre estarás en mi memoria, no porque estén abierta las herida, créeme, el tiempo las cierra, y hoy creo poder amar a otra mujer. Si he de recordarte, será por otros motivos: enseñanzas, reflexiones, aprendizajes, que quedaron para siempre.
¿Sabes? Contigo aprendí a no sentir celos, o por lo menos a dominarlos y no dejar que me dominaran; sí, porque me vi obligado a aceptar que mientras nos amábamos, durmieras con tu esposo, no podía permitirme sentirlos, porque él llegó primero. Desde ese día, he pensado que si no siento celos al estar con la mujer “de otro” ¿por qué habría de sentirlos si otro está con “mi mujer”?
La otra enseñanza importante, es la armadura que llevo puesta, sí, la armadura, esa protección que llevo en el alma, que me permitió sobrevivir al alejarme de ti, esa que no me saco, y si hoy le confieso mi amor a otra mujer, estoy preparado para resistir su desamor, me basta pensar que ella, no eres tú.
Creo que al recibir esta carta, sentirás una gran satisfacción, puesto que si algún defecto te encontré alguna vez, fue esa tremenda autoestima, que te hacía insoportable…
Sabes, a esta altura me he dado cuenta porque no te envié esta carta antes, porque nunca tuviste la humildad y sencillez para decir regresa, te amo, quiero vivir contigo; siempre predominó en ti ese tremendo orgullo, que será el responsable, y me encargaré de eso, que esta carta nunca llegue a tus manos.


09 febrero, 2006

CARTA DE AMOR II


Mi querida Raquel:

Me sorprendí al saber que a tu nueva pareja le comentaste que conmigo nunca sentiste verdadero placer al hacer el amor.
Lo supe por mi compadre, el padrino de nuestro hijo.
Él se le contó, sí, le contó que tú lo decías al hacer el amor, le contó que al tener un orgasmo, repetías “es diferente, es diferente”, que también decías que nunca habías sido tan feliz haciéndolo.
Es verdad que después de ocho años de matrimonio la cosa se pone difícil, que la rutina le quita el gusto al amor, que cada uno se acostumbra tanto a las palabras, movimientos y gemidos del otro, que se van acabando las sorpresas y la costumbre te adormece los sentidos. Sin embargo yo todavía me éxito cuando recuerdo las noches en que me esperabas que llegara del trabajo, con la cena servida, y tú, con tu vestido rojo y sin ropa interior, entonces por debajo de la mesa, empezabas a tocarme los muslos con tu pie desnudo, anunciando el prematuro final de la cena. Me basta imaginar que te levanto el vestido y que allí estará toda tu belleza en plenitud, para volver a desearte.

Claro está que no tenemos la misma memoria, y es verdad que no se puede ir por la vida exigiendo a los demás que se comporten, recuerden y sientan igual que nosotros, sin embargo espero que esta carta te permita evocar lo mucho que gozamos nuestra relación, especialmente en sus inicios.
Sobre todo si logras acordarte de las noches de invierno, cuando decías que necesitabas mi calor, y te gustaba hacer el amor mucho rato, para subir la temperatura corporal y luego tenías un orgasmo y te dormías abrazándome. O las noches de verano, que decías te gustaba transpirar mucho y sentir que toda la humedad de los cuerpos se hacía una. Como ves, tengo los recuerdos muy frescos, aunque no sé si logre que se te refresque a ti la memoria.

Finalmente querida Raquel, quisiera agregar algo, lo que realmente me duele es no haber encontrado jamás una mujer que me diera tanto placer como lo hiciste tú, y te aseguro que he hecho varios intentos. También deseo decirte que no me importó tanto que le dijeras aquello a tu nuevo amante, tampoco que él se lo contara a mi compadre, en definitiva si alguien puede estar molesto por eso eres tú, ya que tuvo el mal gusto de revelar sus intimidades.
Ni siquiera me sentí herido porque lo llevaste a nuestra cama, la misma de los ocho años de matrimonio, a decir verdad, lo que me dolió, por lo injusto, es que a él nunca le exigiste sacar a pasear a tu perro, como requisito para hacer el amor, y que faltando a lo que decías ser tus principios, sí lo dejaste fumar en el dormitorio.


08 febrero, 2006

CARTA DE AMOR I

Querida María Luisa:

Te escribo la presente, aunque nunca te la haga llegar, para decirte que fuiste muy injusta al alejarte de mí, y dejarme con esta gran pena en el alma.
Cuando te fuiste a estudiar a la universidad, en una región del país, a ochocientos kilómetros de la capital, casi todos nuestros amigos y conocidos, opinaron que era imposible mantener una relación a la distancia, que tarde o temprano nos aburriríamos y terminaríamos emparejándonos cada uno con otra persona, de nuestras respectivas ciudades de residencia.
Es verdad que nos prometimos amor eterno, antes que te fueras y en las cartas que nos enviamos, especialmente las del primer año, sin embargo, cuando volviste en las primeras vacaciones, ya no eras la misma, te creías la gran cosa porque te nombró ayudante tu profesor, ese tan joven para ser tan experto, ese que, decías, reconocía todo tu talento; sé que te enamoraste de él, lo supe el primer día que lo mencionaste. Claro que me morí de celos, y no quise decirte nada, por dignidad, aunque ese día supe que te había perdido.
Después volviste, ya Ingeniera, aunque jamás imaginé que te volverías a ir, esta vez a Nueva York, a estudiar becada, Economía y Negocios.
Una vez más me dijiste que me amabas y que volverías para casarte conmigo, y nuevamente las cartas y las opiniones de nuestros amigos, pronosticando el fin de nuestra relación.
Entonces me hablaste del tal Edwards, tan brillante y simpático el gringo. Tampoco esta vez te comenté mis celos, me los guardé, porque creo que los celos son el peor sentimiento, y que comunicarlos es fatal para el que los siente, lo degrada.
Tengo que confesarte que te mentí cuando te dije que quemé tus cartas, recuerdo dijiste que había quemado parte de nuestro pasado, la verdad aún las conservo, de vez en cuando las leo y pienso en cómo te las contestaría con la experiencia que hoy tengo, especialmente la última, esa en que me decías que al terminar la beca, te quedarías trabajando con el gringo en Estados Unidos.
Pensé que esa era la pena más grande que podía sentir en la vida, que te odiaría para siempre, no fue así.
Sin embargo, si te escribo hoy, es porque todavía te amo, creo que nunca dejaré de hacerlo.
No sé si alguna vez habrías vuelto a mi vida, si habríamos tenido esos hijos que soñamos, y la única forma de demostrarte mi amor, es decirte que cuando se estrellaron esos aviones en las torres gemelas, recé para que no estuvieras allí.


07 febrero, 2006

LA CASA

Llegó temprano a trabajar, como todos los lunes, miércoles y viernes. Trabajaba de las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, cobraba por día, no por trabajo realizado. La labor era siempre la misma: hacer aseo, lavar ropa y planchar la que había lavado dos días antes. Casi siempre alcanzaba a hacer todo en el tiempo acordado. Sin embargo, muchas veces empezaba por otras tareas que no le habían sido asignadas, tales como la limpieza de vidrios, fregar ollas tiznadas, limpiar paredes, ordenar y clasificar juguetes de los niños y otras.
Ese día se demoró más que ningún otro, dejó el lavado para el final, no aprovechó el sol para que la ropa se fuese secando, aprovechó de cambiar sábanas a todas las camas, la del matrimonio, la de los niños, y terminada esa labor, empezó a planchar.
A eso de las cuatro treinta de la tarde sonó el teléfono, atendió ella, en la cocina, una enorme estancia con comedor de diario y sala de planchado, el teléfono se ubicaba en un sistema de repisas de distintas dimensiones, compartiendo el espacio con un equipo de música y un televisor. Era su esposo.
- María, son más de las cuatro- dijo el hombre
-Verdad, se me pasó la hora- dijo ella, voy para allá, agregó y colgó.
Se dirigió hasta el escritorio donde la dueña de casa terminaba unos trabajos para el otro día.
-Señora- dijo, vendré mañana, porque cambié sábanas y no alcancé a lavar las que saqué.
-María,- dijo la dueña de casa, sabes que no te puedo pagar un día extra.
-No importa- dijo la mujer, tomó sus cosas, se despidió de su patrona, de los niños y se fue.

Caminó hasta el paradero de buses, abrió el monedero, le alcanzaba para el pasaje de vuelta a casa y para llegar a trabajar al día siguiente. Su patrona gustosa le daría el dinero para locomoción.

Al llegar a casa, su esposo la esperaba en la puerta, un tanto molesto.
-Qué te pasó que llegaste tan tarde- preguntó el hombre.
Ella, mirando el suelo dijo: -estoy tan lenta, creo que me estoy poniendo vieja, además debo volver mañana a lavar las sábanas, porque no alcancé-
-Te explotan en esa casa- dijo el esposo.
¿Acaso te pagarán el día?
-Por supuesto- dijo la mujer, sin dejar de mirar el suelo.
El hombre algo dijo, respecto a que no le creía, entraron a la pequeña rancha, María entró a la oscura cocina y con desagrado empezó a preparar la comida, en una olla vieja, un tanto abollada y tiznada.
-Podrías haber empezado tú a cocinar- le dijo al esposo
-Cocina callada- le gritó él.
A María no le importó, mañana volvería a la casa, esa hermosa casa en la que le gustaba estar, después de todo, trabajaba lo mismo que en su casa, la trataban bien y además le pagaban.

05 febrero, 2006

CUANDO VOY AL TRABAJO


Me dirigía en un bus al trabajo, el sábado en la mañana, todavía a medio despertar, cuando los vi subir, eran cinco jóvenes cuyas edades iban entre los dieciocho y los veintidós años, dos muchachas y tres muchachos. Se podía observar que regresaban de una fiesta del día anterior, aunque nunca se sabe si la comenzaron el día anterior o esa misma madrugada, porque en estos tiempos, los jóvenes empiezan sus “carretes” después de la medianoche.
Al poco andar, las chicas dormían apoyadas en el hombro de sus respectivos acompañantes, ellos muy despiertos, bebían cerveza de una botella y conversaban animadamente.
Uno de ellos, el que iba solo, de pronto empezó a cantar, y al poco rato, había involucrado a los otros dos.
Sin embargo, uno de ellos, cambio de actitud, y reparó que en el bus íbamos unos cuantos pasajeros, evidentemente en dirección al trabajo, o por lo menos, no provenientes de juerga de la noche anterior.
El muchacho dijo: ¡Cállense, tengan más respeto, hay gente que va a trabajar!
Al oír estas palabras, los otros dos, enmudecieron momentáneamente, después comenzaron a cantar una conocida canción del malogrado cantautor Víctor Jara:

Cuando voy al trabajo
pienso en ti
por las calles del barrio
pienso en ti
cuando miro los rostros
tras el vidrio empañado
sin saber quienes son, dónde van
pienso en ti
mi vida pienso en ti,
en ti compañera de mis días y del porvenir
construyendo el comienzo de una historia
si saber el fin.

La primera sensación que tuve cuando ellos recién subieron al bus, de indiferencia y luego de molestia, se transformó en nostalgia y también de satisfacción, al saber que no es “ni tan corto el amor, ni tan largo el olvido”


04 febrero, 2006

CUESTIÓN DE VOCACIÓN

Desde pequeña quise ser monja, no es que me gustara el hábito, ya que prefiero el vestuario de muchos colores; tampoco soy muy apegada a la religión, es mas, soy de las personas que rezan solamente en los momentos de aflicción, es decir, cuando tengo algún familiar o amistad enferma y principalmente cuando hay un temblor de tierra o terremoto.
El motivo que me impulsaba no era precisamente la caridad ni la solidaridad, aunque siempre me ha gustado hacer cosas por los demás; mis razones eran simples: alguna vez escuché a mi abuela decir que las monjas estaban casadas con Cristo.

Sinceramente, cuando era pequeña, la imagen de Cristo me encantaba, su cabello largo, sus ojos profundos, sobre todo en la película “Jesús de Nazareth, esa protagonizada por Robert Powell y Olivia Hussey, aún me gustan los hombres con esa descripción.
Sin embargo lo que más apreciaba de la idea de estar casada con Cristo, era la tranquilidad de estar casada con un buen hombre, esto, condicionado por las malas experiencias matrimoniales de mi madre. Ella contrajo tres veces matrimonio, con tres resultados desastrosos, incluyendo a mi padre, que si bien fue el menos mujeriego, era alcohólico y terminó sus días en un instituto de salud mental. De los dos restantes mejor ni hablar.

Entrando a la pubertad, entendí que eso de estar casada con Cristo es una forma de expresar la decisión de dedicar la vida a la Iglesia; y que no guarda relación con la satisfacción de los deseos más íntimos de una mujer, en el plano de las emociones y los sentimientos, que por lo demás, para mí, es un tema fundamental en mi vida y en la de los demás.

Así, conforme fui creciendo, fui cambiando mi “vocación”, y hoy ejerzo de Abogado. A propósito de ello, he tenido que lidiar en forma interna con los prejuicios. Digo en forma interna, porque poco me importa la opinión de otros en el asunto, y que muchas personas estimen que los abogados son profesionales inescrupulosos me tiene sin cuidado, lo importante para mí es ser consecuente.
Quizás parezca raro lo que digo, y si quisiera graficarlo me bastaría con el cuento humorístico que publican los ingenieros en su revista interna:

"Cuentan que al morir un Ingeniero, llega al cielo, encuentra a San Pedro confundido por el exceso de trabajo y recibe una información errónea, la que lo lleva al infierno. Una vez allá, el Ingeniero aburrido de tanta inactividad, se pone a inventar diversas mejoras, entre ellas sistemas de refrigeración y aire acondicionado, extractores de humo, recicladores de cenizas y otras más. Cierto día, Dios descubre el error y telefónicamente exige a Lucifer devuelva al Ingeniero al Cielo. Lucifer contento por las mejoras realizadas por el Ingeniero, se niega. Ante la negativa, Dios lo amenaza con demandarlo, días después, Dios vuelve a llamar diciendo: usted gana, no lo puedo demandar, porque en el cielo no hay abogados".


Por este motivo, en mi vida profesional he tratado de ser coherente y me dedico a la defensa y protección de mujeres maltratadas y/o abandonadas por sus esposos, también a los divorcios, tutela y pensiones alimenticias para los hijos de dichas mujeres.
Por mi parte, a mis treinta y seis años, me mantengo soltera, asisto a la Corte con bellos trajes de vivos colores y de vez en cuando salgo con algún rockero, pintor o poeta, de cabello largo y ojos profundos, en una relación de amistad “con ventajas”.


30 enero, 2006

PREPOSICIONES

Cuando una amiga me corrigió un escrito, lo primero que hizo fue explicarme que estéticamente debía suprimir los “peros”. La primera sensación ante cualquier sugerencia, especialmente si la experiencia escribiendo es corta, es rechazo a las críticas. aun así, al poco tiempo, su sugerencia comenzó a hacerme sentido, en principio por estética y luego, porque habitualmente después de un “pero” viene una retractación, como dicen los políticos, borrar con la manga lo que se escribe con la mano.
Por eso, paulatinamente los fui eliminando, y conforme desaparecían, mis textos se empezaron a poblar de “sin embargos”.
En un principio éstos fueron muy bienvenidos, no obstante, a medida que se multiplicaban, me empezaron a molestar, en parte por la cantidad y en parte por la longitud; aunque debo reconocer que la expresión "sin embargo" al contener la palabra embargo, me trae malos recuerdos, como la vez que llegó la fuerza policial a la casa de mi mejor amigo y se llevaron todos los muebles, incluyendo el televisor, el ordenador y la lavadora, además de una cámara fotográfica de mi propiedad, lo que me tuvo de cabezas en el juzgado intentando recuperarla.
Sin los “peros” ni los “sin embargos”, tuve que echar mano a los “aunque”, mas si debo ser honesto, debo decir que mis oraciones fueron perdiendo precisión, de modo que, fui experimentando con otras expresiones, como quien experimenta con muchas mujeres para saber si es buen amante. A propósito, siempre me han intrigado los hombres que lo hacen, a pesar de que en un artículo que leí tiempo atrás decía que se trata de inseguridad personal, y necesidad de confirmar su identidad masculina.

Así, a los “aunque”, los siguieron los “no obstante”, los “a pesar de”, los “en circunstancias que” y varias otras expresiones, que al igual que las muchas amantes, en el caso de los hombres inseguros, las fui usando, dejando de lado y olvidando. Debo reconocer que me costó recuperarlas, al igual que la cámara fotográfica en el juzgado, y que cada cierto tiempo, cuando las requiero, están allí, a mi disposición, a diferencia de las amantes, que una vez que las abandonas por otra, difícilmente te vuelven a aceptar.


29 enero, 2006

AUTO CUIDADO

Cuando Inés encontró un par de condones en la mesita de noche de su hijo menor, no supo que pensar, sus sentimientos se mezclaron, por una parte, le pareció que debía tener esa conversación con sus hijos, no postergarla más, y por otra parte, que su niño, de sólo quince años tuviera condones, la horrorizó.
Es que Inés vive hace nueve años, sola con sus tres hijos, Mauricio de veinte años, Esteban de dieciocho y Martín, el menor.
La preocupación de Inés, esta basada en el creciente número de infectados en el mundo con el virus de Sida, a veces piensa que esa conversación la tendría que haber hecho el padre de los niños, radicado en Australia, al que no ve hace años.
Respira profundo y se hace la promesa de conversar esta noche, a la hora de la comida, el tema con sus hijos.
A las veintiuna horas ya están los cuatro sentados a la mesa, disfrutando de un asado al horno con puré, plato típico de la cena de los viernes. Mientras Mauricio sirve una bebida gaseosa a su madre y hermanos, Martín relata el partido de fútbol que jugó esta tarde representando a su colegio. Esteban con un tono despectivo dice: -ustedes son pésimos, no saben jugar fútbol- Allí comienza una de las típicas discusiones de hermanos, que habitualmente terminan en disputas. La discusión lleva la cena por un cauce que Inés no previó, y le resulta imposible introducir el tema. Inés siente un poco de frustración y al mismo tiempo alivio, ya que cree no estar preparada para hablar este tema con sus hijos.
Decide conversarlo con cada uno por separado, después de todo, tienen edades tan diferentes, creo será lo mejor, se auto convence.
Terminada la cena intenta abordar a su hijo mayor, éste la abraza, le da un beso en la frente y dice: no te preocupes, hoy llego tarde, chao.
Piensa en aprovechar para hablar con Esteban, pero éste le dice: mamá, está por llegar mi amigo Matías con su novia, veremos una película en mi habitación.
Sólo me queda Martín, piensa Inés, va a su dormitorio, golpea la puerta, nadie contesta, silenciosamente abre y encuentra a Martín profundamente dormido, sin duda el partido de fútbol lo dejó agotado, piensa la madre, mientras una frustración la envuelve.
Definitivamente no sé como abordar el tema con los niños, esto debí haberlo conversado hace bastante tiempo con cada uno de ellos, especialmente con los mayores. Ojalá el padre estuviera aquí, se lamenta.
Al día siguiente, se ha atenuado el impulso inicial, y lo que ronda en la cabeza de Inés, más parece a frustración que iniciativa.
De pronto surge una idea, aprovechando que sus hijos no están, revisa los cajones de cada uno de ellos, los condones del cajón de Martín ya no están. Inés piensa que los debe haber usado el hermano mayor, o quizás el del medio. Bueno se dice a si misma, si así fue, quiere decir que están usando.
Eso le da una idea, de inmediato sale a comprar, al llegar a casa, abre la caja de condones y los reparte en distintos lugares de la casa, unos cuantos en el botiquín del baño, otros en una cajón del mueble que está en al sala, otros en la mesita de noche de cada uno de sus hijos.
Una semana más tarde, revisa y descubre que quedan pocos. Va, compra nuevamente, y vuelve a distribuirlos. Así, semana tras semana la misma situación.

Inés sabe que no tiene la comunicación que quisiera con sus hijos, sabe que cometió un error al no darse cuenta que han crecido, sin embargo tiene la satisfacción de haber acertado en este mudo diálogo sobre el auto cuidado.

28 enero, 2006

CADUCIDAD

Llegué a la puerta de la oficina de mi jefe, dispuesto a solicitarle un aumento de salario, conforme sentía estaba trabajando bien, aportando un poco más de lo que son mis responsabilidades.
Cada reunión de pauta, del departamento de noticias del canal de televisión en que trabajo, ha sido para mí un verdadero desafío, en ellas pongo todo mi espíritu creativo, aportando las mejores ideas, que han hecho de este departamento de noticias, uno de los más exitosos de la televisión de mi ciudad.
Hola, toma asiento, dijo él, te he hecho llamar para conversar sobre tu desempeño laboral, de los últimos doce meses. En ese momento pensé: Aquí viene la felicitación y probablemente el ascenso con el correspondiente aumento de salario.
Como te iba diciendo, debes saber, que como está el mundo hoy, me refiero a la caducidad, no sé si me entiendes, dijo, y prosiguió: con los bruscos cambios en las comunicaciones, la incorporación de nuevas tecnologías y el surgimiento de periodistas aficionados, que no se despegan la cámara fotográfica, publicando cada acontecimiento en sus blogs, el panorama se nos está complicando, lo que nos obliga a transformarnos cada día, ¿me sigues?
Hace un tiempo tuvimos que implementar la página Web; luego el blog, para que el público pudiera dejar sus comentarios y no sé que se nos viene, lo cierto es que debemos ir con el tiempo…
Allí detuvo el discurso, mientras él hablaba, yo pensaba en cómo introducir mi petición de aumento de salario, debo confesar que durante toda la conversación, quiero decir discurso, me había mantenido con mi atención dividida. Recuerdo que hace unos años, cuando llegué al canal, fui el primero en decir que necesitábamos una página Web, y luego en reunión de pauta, di la idea del blog, por eso, a esa altura, pensé tenía asegurado el aumento.
Entonces mi jefe prosiguió: creo sinceramente que necesitas reinventarte, necesitas cambiar tu discurso, de lo contrario…Allí se interrumpió bruscamente y preguntó: ¿Cuál es tu oferta? Debe haber visto mi cara de asombro, porque de inmediato cambió la pregunta: ¿Qué perdería el Canal si tú no estuvieras?
En ese momento, divisé como mi aumento se iba volando lejos, como golondrina en pleno invierno.
Bueno… yo… eh, creo que tiene razón, dije, necesito reinventarme. Estaba claro que el Director de prensa se había adjudicado cada una de las ideas que en estos años aporté, y que cualquier intento por aclarar la situación, significaría quedar sin trabajo.
Me puse de pie y con una sonrisa dije: Es un compromiso, en el curso de la semana presentaré un par de proyectos de innovación. Me di la vuelta y junto con mis aspiraciones de aumento, salí de la oficina.
Estoy dedicado de lleno a la creación de un programa que junte las noticias con el humor, después de todo, en los acontecimientos diarios, no falta por qué reírse. Además estoy amaestrando un loro para que lea el informe del tiempo.
Por otra parte, estoy tratando de inventar un cintillo con cámara de televisión y televisor en miniatura incorporado, ambos de bajo costo, al que pienso darle varias utilidades: La primera es grabar cada reunión de pauta, para dejar registrado lo que cada uno dijo o no dijo, la segunda, para que las personas puedan ver el noticiero en el cintillo del transeúnte que tenga al frente en el tren subterráneo y la tercera, para pasar avisos publicitarios y cobrar por el servicio. En una de esas, llega un chiquillo de dieciocho años, menos caduco, inventa no sé que y me deja sin trabajo, por lo menos puedo ganar dinero llevando publicidad en el cintillo, por las calles de mi ciudad.

LA NANA

Llevo más de doce años trabajando en la casa de un matrimonio relativamente joven (llegué de quince años), mi labor es el aseo, cocinar y cuando los niños estaban chicos, me dedicaba a cuidarlos. Cuando llegué a la casa, ellos tenían siete y nueve años. Hoy ambos asisten a la universidad y casi no los veo. Era difícil para mí explicarles algunas diferencias, especialmente en lo que al uso del lenguaje se refiere. Nana, me corregían (me han llamado nana desde que llegué hasta ahora que están grandes), no se dice “dispertar” se dice despertar, o ¿por qué dices lluviendo? Siempre me corregían, lo que en el fondo de mi corazón se los agradezco, aunque debo confesar que al principio me afectaba, porque lo sentía como una crítica, y terminaba llorando en mi habitación, lo que era peor, porque después los angelitos (así les he dicho siempre) me interrogaban porque me veían los ojos rojos. ¿Te sientes bien nanita? o ¿estuviste llorando nanita? Así que después de un tiempo de acomodo, aproveché cada una de sus intervenciones para ir corrigiendo mi manera de hablar. Es que en mi casa todos hablan así, mi padre, que es un trabajador de la construcción, mi madre, que al igual que yo, es empleada doméstica o asesora del hogar, como tan elegantemente se dice, mis hermanos, uno de ellos ayudante de mecánico y los otros dos, albañiles. Ninguno de nosotros terminó la educación media, no por falta de ganas, es que había que trabajar para poder mantener la casa, aunque mi hermano menor habría podido si hubiese querido.
El caso es que por más que he puesto empeño en mejorar mi forma de hablar, siempre ha resabios de la educación que recibí en la casa. Lo que quiero decir, es que por más que me esfuerce, mi extracción social se delata en mi lenguaje.
Lo milagroso para mí, empezó hace un año y medio; mis patrones, muy buenas personas, me hicieron una propuesta: Norma, (ese es mi nombre) ¿te gustaría estudiar, ahora que los niños están grandes, ahora que tienes tiempo? No lo pensé mucho, y en seis meses había rendido exámenes libres, terminado el colegio y matriculado en una universidad vespertina, en la carrera de Educación Parvularia. Allí volvieron mis dolores de cabeza, en sentido figurado por cierto, cuando una distinguida profesora, al terminar una clase, me dirigió la palabra: -Quédate un momento Norma, necesito hablar contigo-
Argumentó que si no modificaba mi forma de hablar, nunca iba a ser una educadora,
-Debes esforzarte en ello- dijo.
Difícil es explicar cuanto te has esforzado, a una persona que nació en una familia con alto nivel cultural. Le contesté que lo sabía, y que haría lo posible por mejorar.
Lo mismo me ha sucedido en el amor, es verdad que soy bella, pero eso no me ha servido para tener a mi lado a un hombre que no sea el repartidor de pan, o el jardinero. Hace un tiempo se me acercó un hombre joven, bastante apuesto, estudiante de Pedagogía en Ciencias Sociales, después que hablamos, no me volvió a dirigir la palabra, en realidad nunca más me saludó, creo que se avergonzó de haberme conocido.
Sin embargo todo cambió, a mi patrón, la empresa en que trabaja, una transnacional, lo envió como Gerente General a Costa Rica. Me costó decidirme a abandonar Chile, dejar a mi familia, (aunque trabajo “puertas adentro” o “cama adentro” como dicen en el norte de mi país) ya que cada jueves y fin de semana por medio, los visitaba.

Hace tres meses que estoy en este hermoso país, donde he seguido mi vida de estudiante vespertina, por cierto, con una gran diferencia, acá en San José, mi forma de hablar, no la atribuyen a mi baja clase social, acá piensan que hablo así porque soy chilena, además, cada vez tengo más acento costarricense.
Hace unas semanas conocí a un muchacho de la universidad, es hijo de profesionales, su madre es oftalmóloga y su padre psiquiatra. Se nota que le gusto mucho, me encuentra bonita, simpática e inteligente, le encanta mi forma de hablar, según el “cantadita”. La semana pasada me presentó a sus padres, ellos también me encontraron encantadora.

27 enero, 2006

OJO CON EL CAMBIO

Me encontré en pleno centro de la ciudad con un viejo conocido, de los tiempos de la adolescencia, Marco Urrutia, juntos asistíamos en los veranos a la Piscina Mund, cuando estaba en la comuna de Ñuñoa. A decir verdad, no lo reconocí, el paso del tiempo cambia a las personas.
Hola, no te acuerdas de mí, dijo
Hola, dije, con cara de asombro
Marco, dijo, Marco Urrutia
¡Hola¡ respondí, mientras intentaba encontrar su imagen en la zona de mi cerebro que almacena los recuerdos. De a poco fueron apareciendo las imágenes. Lo primero que surgió fue su nariz, recordé que su segundo apellido era Jadue, que le decían el turco y algo no me cuadró.
Estás distinto dije, tu nariz.
Sí, dijo, me la arreglé, es que el hermano de mi esposa es cirujano plástico, y casi no me cobró.
Que bien, dije, y cómo has estado, mientras decía esto, pensé en él, en los tiempos de la piscina, recordé lo delgado que era, su tórax estaba distinto…
Ya no estás tan flaco, dije, entrenas pesas o algo así, pregunté.
Algo hago dijo, pero la verdad es que me puse pectorales, el hermano de mi esposa, te conté…
Ah, si.
También te operaste los ojos, le pregunté en tono de broma, al ver el color azul donde antes había marrón.
No, dijo, son lentes de contacto.
Y cómo has estado, preguntó.
Trabajando, contesté sin salir de mi asombro.
Te casaste, preguntó.
Si, aunque estoy divorciado hace años, dije, ¿y tú?
Yo me he casado tres veces, mi última esposa es veinte años menor que yo, dijo.
Que bien, dije.
Bueno, un gusto verte, dijo
También para mí, contesté.
Al alejarse lo quedé mirando, lucía mucho más joven que yo, ambos andamos en los cincuenta años. Vestía atuendo de verano, shorts de marca, sandalias y una camisa de colores al estilo tropical.
Me sorprendió el grosor de sus pantorrillas, sobre todo sabiendo que son músculos que no se desarrollan fácilmente, creo que de haberle preguntado, la respuesta habría sido la misma, su cuñado.
Recordé que con Marco vivimos días muy entretenidos y significativos para nuestra vida posterior, o por lo menos para la mía. En la medida que fui haciendo recuerdos, me fui alegrando cada vez más de haberlo visto, aunque conforme pasan los días, no me queda claro si en realidad fue a él al que vi.


26 enero, 2006

KARAOKE

Iba en el bus, de vuelta a casa, hace unos días, cuando por la puerta trasera, con el beneplácito del conductor, se subió un joven, de unos veinte años, de escasos recursos, que aparentaba ser ciego, digo aparentaba, porque en un momento, en el paradero siguiente, otro joven que estaba en la acera, lo miró, le sonrió y el que estaba en el bus, le contestó la sonrisa con un aire de complicidad.
El caso es que el supuesto ciego portaba un pequeño equipo de música, de esos con forma ovalada, de unos treinta centímetros de largo, cuando más. Su rutina para conseguir la ayuda económica de los pasajeros, consistía en poner una música (Cumbia) y cantar, simulando el sistema Karaoke.
Más allá de la deplorable interpretación (era un tipo muy desafinado), me llamo la atención la letra de la canción, decía así:
“No te ofendas buen amigo, pero me gusta tu mujer, ella es tan bonita, el color de sus ojitos, como mueve la colita, quisiera besar su boquita”

La gente que iba en el bus, permaneció imperturbable; aunque debo reconocer que en Chile, la gente que va en un bus, siempre permanece imperturbable. Recuerdo haber asistido a un ataque de epilepsia, protagonizado por una señora de edad avanzada, y a excepción de la mujer que iba a su lado, que la asistió y del conductor, que desvió el bus un par de cuadras, con el fin de dejarla en un centro de primeros auxilios, el resto de los pasajeros permaneció inmutable. No es que el común de los chilenos no se interese por lo que le suceda a los demás, cosa que queda demostrada cada vez que se organiza una campaña solidaria o Teletón, sino más bien, se trata de una “cultura de bus”, que consiste en subirse y permanecer mirando el vacío, sin interactuar con los otros, sólo interactuando en el momento que alguien sube por la puerta trasera (cuando adelante está repleto) y manda hacia el conductor el dinero del pasaje, en ese momento, las manos parecen voces, dispuestas a saludar, convivir y todo eso, toman el dinero, se lo van pasando, como en una carrera de relevos, y lo mismo con el dinero del cambio y el boleto, hasta hacerlo llegar al destinatario, después la escena se vuelve a congelar. Eso me recuerda las palabras de una joven venezolana que conocí hace muchos años en la época de universidad, ella decía:
Acá, cuando te subes a un bus, todos van arrechos (enojados), el conductor va arrecho, los pasajeros van arrechos, en cambio en Venezuela, el conductor maneja al ritmo de su “salsita” y cuando tú subes te dice: ¿Cómo estás buena moza? Y tú le sonríes y le contestas “chévere”.

Volviendo al canto del “joven ciego”, me perturbó la desfachatez con que se expresaba el deseo por la mujer del prójimo en la canción, atentatorio si tomamos en cuenta que prójimo significa próximo, es decir, el que tienes a tu lado; así, cuando el “joven ciego” paso por “mi lado” sentí un gran alivio al no tener pareja (soy divorciado) y que cualquiera en el bus te esté diciendo en tu cara que desea a tu mujer por “como mueve la colita”.
Será que en las clases sociales más bajas, se permite ese tipo de expresiones, porque no me cabe duda que en las clases sociales más altas, también se desea a la mujer del prójimo, la diferencia es que no lo dicen, o por lo menos no al ritmo de una cumbia. Será que lo dicen al son de un jazz o una pieza de Vivaldi.
Lo claro es que las clases sociales más altas no andan en bus, y que estas expresiones terminarán cuando se implemente en su totalidad, el plan de la locomoción colectiva: Transantiago.


25 enero, 2006

FANTASMA

Lo último que supo fue el sonido de unos frenos, que como un rechinar de dientes quedaron resonando en su memoria. En ese momento cesaron los olores, fue lo primero que extrañó.
Se levantó con más energía que la experimentada en toda su vida, miró a su alrededor y vio al gentío, una multitud congregada a ver el espectáculo de fierros retorcidos y líquidos derramados. Entonces se vio allí, atrapado dentro de su automóvil. No tuvo miedo ni sorpresa, sólo el recuerdo de su último compromiso de ese día, llegar a ver a su amada, que lo esperaba en un Café.
Usó un nuevo medio de transporte, el pensamiento, instantáneo, sin atochamientos de tránsito ni semáforos, lo sintió como una gran ventaja.
Ella estaba allí, bebiendo soda y esperando.
Cogió una silla y se sentó a su lado, tomó su mano, aunque advirtió que ella no podía verlo ni sentirlo. Un garzón se acercó a la mesa y preguntó a la mujer: ¿Va a ordenar?
Ella dijo: Esperaré un poco más.
Él la miro, lo invadió una gran ternura, pensó en decirle cuanto la amaba (Siempre le había costado expresar sus sentimientos y ella se lo reprochaba), se acercó, besó sus labios, deslizó la mano por su cabello.

En ese momento sonó el teléfono móvil de la mujer, luego un grito, el llanto, las lágrimas.
Él permaneció con ella, fue a su propio funeral, la acompañó de vuelta al departamento que ella soñó compartir con él y allí se quedó.

Modificó su conducta, a diario le expresaba su amor, se duchaba con ella, le hacía masajes, se acostaba a su lado y permanecía toda la noche abrazándola, no volvió a darle la espalda.

Se podría decir que en su nueva vida era más feliz que en la anterior, lo único que extrañaba era ese dulce aroma a violetas que desprendía el cuerpo de su amada.

21 enero, 2006

AL CALOR DEL TROTE

Casi todos los sábados, con la excepción de los días de lluvia, disfruto trotando, en un pequeño parque cercano a mi casa. En estos días de verano, prefiero ir temprano, antes de que el calor se haga sentir.

Habitualmente doy seis vueltas, que según he calculado, corresponde a treinta minutos. Este sábado trotaba la primera vuelta y al pasar por un recodo, como provenientes de un encuentro social de la noche de viernes, divisé una pareja de jóvenes en un asiento, uno al lado del otro, separados por unos veinte centímetros. Él le tenía la mano sujeta, mientras ella escuchaba atentamente lo que él decía.

Al pasar frente a ellos en la segunda vuelta, ella estaba sentada de lado y tenía sus piernas sobre las de él, en una conversación bastante más íntima que en la vuelta anterior.
En mi tercera vuelta, ella estaba sentada sobre los muslos del joven, mientras se besaban tímida aunque apasionadamente.

Al pasar nuevamente por allí, a la distancia pude ver que habían cambiado de lugar, se habían recostado en un prado ubicado a un borde de mi habitual ruta, ella estaba de espaldas, con las rodillas flexionadas, dejando ver sus hermosos muslos, una porción de sus bragas, sin mayor preocupación (ese parque es muy poco concurrido a esa hora de la mañana). Él la besaba apasionadamente, mientras sus manos se perdían en alguna zona del cuerpo de la muchacha.

En la quinta vuelta, la joven estaba de espaldas, con los muslos separados, mientras él yacía encima de ella, entre sus muslos (me refiero a la posición más básica adoptada por los seres humanos para hacer el amor), mientras se besaban apasionadamente.

Aunque me faltaba una vuelta para terminar mi habitual trote, preferí dejarlo hasta ahí, volver a mi casa, beber un refresco y tomar un baño, porque a esa hora ya había aumentado demasiado el calor.


EMERGENCIA CARDÍACA

Dos llamadas telefónicas recibí aquella tarde, un poco después de llegar del trabajo; una era de mi hermano y la otra de mi novia.
No había terminado de aflojarme el nudo de la corbata cuando llamó mi novia, el propósito era comentarme que no la esperara porque cenaría con una amiga y luego dormiría en casa de ésta. Habitualmente nos juntamos los viernes en mi departamento, cenamos con velas, vemos alguna película y hacemos el amor, el sábado despertamos tarde y nos turnamos para hacer el desayuno. En el momento que me lo dijo sentí una pequeña decepción, pero no alcancé a angustiarme demasiado porque la siguiente llamada acaparó mi completa atención. Mi hermano me contaba que a su hijo recién nacido debían operarlo del corazón, con carácter de urgente. Se trataba según recuerdo de una tal “enfermedad de los niños azules”, una abertura existente durante el embarazo, que comunica las dos Aurículas, que normalmente se cierra o debe cerrarse poco después de nacer, para que no se mezcle la sangre oxigenada con la que contiene dióxido de carbono, a mi pequeño sobrino, no se le había cerrado. Al llegar al hospital (no me demoré más de quince minutos, para estos acontecimientos suelo transformarme en un piloto demasiado audaz y conduzco mi automóvil diestramente) me enteré, para tranquilidad de toda la familia, que se trataba de una operación menor, dado los avances en la medicina.
Durante el tiempo que demoró la operación, conversé con mi hermano, mi cuñada, esposa de mi hermano y su hermana menor, estudiante de medicina. La chica nos explicó que el agujero que comunica las dos aurículas, se llama agujero oval, y que milagrosamente se cierra cuando el niño nace, producto de la presión de la sangre, y que un reducido grupo de niños presenta problemas a la hora de cerrarse este agujero. También nos tranquilizó cuando se refirió al alto porcentaje de éxito de esta operación, algo así como el noventa y nueve coma nueve por ciento.
Lo que más llamó mi atención es lo sabio de la naturaleza, aunque el hincapié estuvo en lo avanzado de la medicina de hoy en lo que a cirugía cardíaca se refiere.
Terminada la operación, mi cuñada y su hermana se quedaron en el hospital, mientras mi hermano y yo íbamos por comida preparada.
Llegamos a una zona de Restaurantes, al entrar en uno de ellos me llevé la gran sorpresa de la noche, mi novia cenaba con un tipo un tanto mayor que yo, quien sostenía su mano, y aparentemente intentaba conquistarla. De pronto ella se acercó a él y lo beso en los labios.
Mi primera reacción fue de sorpresa, luego de indignación. Pensé en acercarme y armar un escándalo, mi hermano al percatarse me sacó a tirones del lugar.
Las tres horas siguientes, las pasamos deambulando por las calles, durante todo ese tiempo mi hermano intentó calmarme y atenuar mi dolor (para mí una de las cosa más graves de la vida es la traición).
Han pasado varias semanas, antes de aclararle el tema a mi novia, ella me pidió que termináramos la relación, argumentando que tenía dudas de sus sentimientos por mí.
No quise comentarle lo que vi, quizás por amor propio o por delicadeza, el asunto es que me lo guardé.
Mi sobrino a los dos días estaba de alta y haciendo una vida normal para un recién nacido.
Llevo una semana saliendo con la hermana de mi cuñada, la que estudia medicina. La muchacha es bonita, y aunque no es mi tipo, debo reconocer que es simpática y muy inteligente.
Lo más importante para mí, es que sabe de medicina y quizás pueda hacer algo por mi destrozado corazón.

20 enero, 2006

CREATIVIDAD

El tipo era agente de seguros, y en su tiempo libre escribía cuentos. No es que tuviese un gran talento, sino que pensaba o por lo menos a nivel inconsciente creía, que las personas creativas eran más valiosas que las otras, aquellas que hacen trabajos mecánicos.
De modo que cada tarde al llegar de la agencia de seguros, se sentaba frente al ordenador (hacía tiempo había reemplazado la máquina de escribir) y se disponía a escribir un relato, que más tarde leía a su esposa y a alguno de sus hijos que anduviera por allí (lo que era poco habitual porque éstos estaban cansados de ser lectores obligados, de escritos sin mucha originalidad).
Cada día, a falta de imaginación, relataba algún suceso acontecido en el camino hacia o desde su trabajo, en el que involucraba personajes ficticios con otros reales, ya, del tren subterráneo, del restaurante que le proporcionaba almuerzo o desprendido de alguna conversación con sus compañeros de trabajo.
Cierto día no sabía que escribir, su ansiedad aumentaba y con el fin de mantener su autoestima en alto, comenzó diciendo:

“El tipo era agente de seguros, y en su tiempo libre escribía cuentos. No es que tuviese un gran talento, sino que pensaba o por lo menos a nivel inconsciente creía, que las personas creativas eran más valiosas que las otras, aquellas que hacen trabajos mecánicos.
De modo que cada tarde al llegar de la agencia de seguros, se sentaba frente al ordenador (hacía tiempo había reemplazado la máquina de escribir) y se disponía a escribir un relato, que más tarde leía a su esposa y a alguno de sus hijos que anduviera por allí (lo que era poco habitual porque éstos estaban cansados de ser lectores obligados, de escritos sin mucha originalidad).
Cada día, a falta de imaginación, relataba algún suceso acontecido en el camino hacia o desde su trabajo, en el que involucraba personajes ficticios con otros reales, ya, del tren subterráneo, del restaurante que le proporcionaba almuerzo o desprendido de alguna conversación con sus compañeros de trabajo.
Cierto día no sabía que escribir, su ansiedad aumentaba y con el fin de mantener su autoestima en alto, comenzó diciendo:”

El tipo era agente de seguros, y en su tiempo libre escribía cuentos…

14 enero, 2006

EL JARDINERO

Había terminado de almorzar hacía poco rato, cuando escuché una voz proveniente de la calle, repetía ¡aló! Me asomé, y fue la primera vez que lo vi, era un hombre de mediana estatura, con barba de tres días, se veía fuerte aunque un poco gordo, su cara bonachona me dio confianza. Abrí la reja y me contó una triste historia, llevaba ocho meses sin trabajo. Finalmente me pedía le diera cualquier tarea a cambio de dinero para el bus. –Le pico la tierra a las plantas- dijo el hombre, -Está bien- le dije.
Mientras trabajaba le calenté un plato de arroz con algo de carne, piqué unos tomates y le llevé almuerzo.
Un rato después, había terminado el trabajo, bastante bien, se notaba que había trabajado con ganas.
Unas semanas después apareció, sin preguntarme picó la tierra de las plantas, me pidió una escoba, entonces aprovechó de preguntarme si tenía máquina cortadora de pasto, argumentó que él podría cortar el pasto y yo podía darle el dinero que estimara.
Recuerdo que poco tiempo antes, había adquirido una máquina cortadora de pasto y unas tijeras, para turnarme el trabajo con mis hijos, y así ahorrar el dinero del jardinero.
Está bien, dije unas vez más.
Se notaba que no era su rubro. Le fui enseñando a hacer el trabajo, el uso de las tijeras, la limpieza; le asigné un valor en dinero (en ese momento pensé era bajo, pero posteriormente hablando con jardineros que habitualmente se desenvuelven en eso, pude comprobar que fui generoso).
Pasaron dos años en que apareció quincenalmente, en el intertanto, fue encontrando nuevos clientes, se compró sus tijeras, y aunque en ocasiones pedía prestada nuestra máquina, al tiempo compró la suya.
Durante esa época, aparecía cualquier día y me solicitaba le adelantara un porcentaje de su paga. En todas esas ocasiones se demoró en volver a trabajar.
Un día llegó pidiéndome le adelantara el total del dinero, porque debía cambiarse de casa. Le pasé el dinero.
Nunca más volvió, nunca más lo vi; una vecina lo vio en un supermercado, le preguntó cuando vendría a mi casa, a lo que, según mi vecina, él respondió: -Me he portado mal, uno de estos días iré-
Volvimos a los turnos con mis hijos.
Así, estaba cortando el pasto un sábado en la mañana, cuando pasó una mujer, de edad mediana, era morena bajita, muy graciosa, con una brillante cabellera, que caía delicadamente sobre su hermosa figura. Se detuvo y dijo: -Maestro, tiene tiempo disponible para que me atienda el jardín.
No quise sacarla de su engaño, quizás por hacer una broma o por entablar conversación, me cuesta precisarlo, el caso es que anoté su dirección y acordamos el domingo en la mañana.
Si quiero ser franco, debo decir que nunca pensé hasta donde llevaría la broma, soy contador auditor, y tengo un buen trabajo, lo que trato de decir es que nunca se me pasó por la cabeza cobrarle, llegado el momento, le diría: -No se preocupe vecina, fue un gusto- o algo parecido, y entablaría una conversación divertida. Eso es lo que pensé, o lo que pienso que pensé.
Llegué el día siguiente a su casa, me hizo pasar al patio, una pequeña piscina, con forma de riñón, de tres metros de largo, rodeada de un hermoso pasto, que necesitaba urgente un corte. Me dijo que empezara, que ella estaba ocupada, que después volvería a ver como estaba quedando.
Quince minutos después, apareció en el lugar, luciendo un pequeño Bikini, que dejaba poco para la imaginación, estiró una toalla sobre una silla de playa, y se tendió a leer. Pasaron unos minutos y me dirigió la palabra: -¿Quieres ponerme bloqueador en la espalda?-
Fui al grifo del jardín, enjuagué bien mis manos y mientras me acercaba, me di cuenta que desde el principio, mi fantasía había sido ella.
Le puse el bloqueador, su espalda era suave, seguí con un corto masaje, ella en un momento me tomó del cuello y me atrajo hasta sí.
Mientras me besaba, dijo:-Termina de cortar el pasto y vamos a mi habitación.
Me gustó la idea, hice el trabajo, no me tomó más de cuarenta y cinco minutos, me lavé un poco manos y cara, y fui hasta ella. Eres muy fuerte dijo, mientras pasaba sus manos por mis muslos. Me cogió de una mano y me llevó a su dormitorio, nos abrazamos, y en ese momento sonó su teléfono. Después de colgar dijo: -Es mi esposo, se suponía que se iba de viaje pero algo falló, debes irte rápido- No fui capaz de articular palabra.
-¿Cuánto te debo?- Preguntó.
Por un instante me paralicé, lo único que atiné a decir fue la misma cifra que le pagaba a mi jardinero. De un cajón sacó el dinero, mientras me lo entregaba dijo: -Espero que vengas a hacer el jardín otro día, déjame tu número de teléfono, ah, y tu nombre.
En el papel que me pasó, anote un número y nombre ficticio, no quise verme envuelto en un problema.
Tomé mis cosas y me fui lo más rápido que pude.
No puedo quejarme, gané un poco de dinero que no esperaba, viví una experiencia emocionante con la broma y el encuentro breve con la hermosa mujer.
Sólo me quedó dando vueltas una idea: debí haber “aprendido” del ejemplo de mi jardinero y en el momento en que llegué a su casa, tendría que haberle pedido un adelanto.


03 enero, 2006

INCOMUNICACIÓN VIRTUAL

Primero mandé los tanques, carros de asalto e infantería. Luego envié los aviones bombarderos y para asegurarme, lancé un proyectil atómico y uno de última generación con armas químicas. Cuando me disponía al ataque final, me habló mi esposa, conectada al Messenger desde su dormitorio.
Habitualmente uso el PC de la sala y ella el de su dormitorio. Yo prefiero los juegos de guerra y ella los de magos, príncipes y guerreras; en ocasiones opta por ingresar a Casinos virtuales a apostar en la ruleta.
No es raro, ella se crío en una ciudad balneario, cuya principal atracción es el Casino. En cambio yo, desde niño quise ser militar, siempre me gustó la guerra. Aunque en la juventud estuve en una escuela militar, por diversas razones no seguí la carrera. Por eso mi pasión es completar misiones en juegos, cuyos nombres empiecen o terminen con la palabra WAR.
Como iba diciendo, me encontraba dispuesto a destruir al enemigo, cuando me habló mi esposa: ¿Te vienes a acostar luego?
-Termino este ataque y voy- Respondí
-No, ven ahora, por favor.-

Me siento muy mal, me siento triste y tonta. Metí la pata hasta el fondo. Perder cinco mil dólares en un casino virtual es una estupidez, me pasa por tonta. Ojalá venga a acostarse pronto y me abrace. No, no se lo diré, no esta noche. Sólo quiero que me abrace y sentirme segura. Sólo necesito dormirme abrazada, mañana veré como pago la tarjeta de crédito, me consigo el dinero, lo pago de a poco, mañana lo arreglo.

Que bueno que viniste a acostarte, ya es tarde. Si amor, son más de las doce.

Debí atacar antes de venirme a acostar. Con ese par de proyectiles los debilito y luego los liquido. No fabriqué un radar, espero no me ataquen ellos mientras estoy sin defensa. Quizás no debí construir tantos tanques, debí ocupar esos recursos en fabricar un radar.

¡Amorcito, abrázame!
Si mi amor.
Espero que no quiera hacer el amor ahora; pensar que tenía todo listo para atacar. A veces pienso que debería establecer contactos con mis antiguos compañeros de escuela, algunos tienen grado de coronel. Conseguir hombres y llevarlos contratados como mercenarios a Irak. Hasta yo iría, estoy seguro que volvería con ellos vivos y con un montón de dinero, sería emocionante.


Se quedó dormida, acabo de levantarme a terminar el juego. Tuve que encender el computador otra vez. Cómo se llama la última grabación… ah, “final” se llama. Acá estoy, bien, bien, listo para atacar. Allá van mis tanques, están por caerles las bombas…
¿Qué? Que estoy bajo ataque, debo volver a mi base, lo más rápido que pueda…
Ah, que diablos, tres bombas atómicas en mi base, ¡puta! Me hicieron parir...
Si busco una grabación anterior quizás logre revertir la situación. Ésta puede ser, no hago los tanques y fabrico el radar y artillería antiaérea.
Ya son la cinco de la mañana, me voy a acostar, mañana sigo. Debería ir a Irak.

Hoy me desperté tarde, mi esposa había salido. Entré nuevamente al juego, rehice mi estrategia tres veces, aún así me destruyeron. Debo ir al negocio, espero que el administrador haya hecho el depósito en el banco.

Después de una semana intentándolo, he logrado terminar la etapa, la clave estaba en contratar un personaje pelirrojo que se escabulle en las filas enemigas y pone bombas en lugares estratégicos, repitiendo "piece of cake".


Hoy me llegó un aviso del banco, que en principio me produjo rabia, que fue pasando a sorpresa, para terminar en pena; mi esposa tiene una deuda de cinco mil dólares, de juego, con su tarjeta de crédito, en un casino virtual.
La verdad no la entiendo, por qué hace esas tonterías, qué le cuesta jugar simulando, sólo por entretenerse, como lo hago yo.


29 diciembre, 2005

ES "NORMAL"


Hace unos años trabajé en un colegio ubicado en un barrio acomodado de la ciudad, donde acontecía algo muy particular: La zona anterior del colegio, donde se ubicaban las salas de clases, estaba separada de la parte posterior, zona de canchas y gimnasio, por una reja plegable, situada en medio del pasillo de acceso. A la derecha de la reja había un baño de alumnos (varones). Ese baño, tenía dos puertas, una a cada lado de la reja. Dicho de otro modo, el baño tenía un acceso desde las canchas y otro desde el sector de las salas.
Los días sábados llegaba mucha gente, ajena al colegio, al sector de gimnasio, por las competencias inter escolares. Al sector de las salas, llegaba también mucha gente, a participar del movimiento Scout. Lo curioso es que por algún motivo que aún no logro entender, ese día de la semana, cerraban la reja con candado, no permitiendo la circulación. Muchos visitantes estacionaban su automóvil en el lugar opuesto al que iban, y al ver el paso obstruido por la reja, ingresaban al baño por un lado y salían por el otro, sin importarles el mal olor, habitual en ese baño.
Así, el baño se fue constituyendo en la ruta oficial del día sábado.
Al parecer a la gente no le importa sufrir algunas incomodidades, siempre que esto, les facilite la situación.
La verdad, pasar por el baño, se fue haciendo "normal".
Muchas veces sucede que confundimos "normal" con habitual.
Así, despertar cada mañana con el sonido de un despertador nos parece "normal", todo porque es algo habitual. Lo normal sería despertar cuando se nos haya pasado el sueño.
Del mismo modo, en nuestra sociedad es "normal" que los matrimonios se separen, aunque sólo es habitual, ya que todos nos casamos para toda la vida.
Es "normal" encontrar un chicle pegado bajo la mesa; en realidad es habitual, lo normal sería encontrarlo en la basura.
Cada uno de nosotros está repleto de "normalidades", cada día nos vemos enfrentados a situaciones como la del baño en aquel colegio, que sólo la mirada de un recién llegado advierte.
Muchas de nuestras "normalidades" las vivimos desde niños y sólo la llegada de un "otro" a nuestras vidas, las detecta. Generalmente, nuestra reacción es de rechazo hacia el recién llegado que nos critica, en lugar de revisar nuestras "normalidades".
Pienso que mientras no atendamos a esto y sigamos cerrando "la reja" de nuestras vidas, seguiremos pasando por dentro del baño, para llegar a nuestro destino.

28 diciembre, 2005

LA TECNOLOGÍA Y LAS RELACIONES

Coincidir en apretar el tubo de pasta de dientes por la mitad, desordenadamente o desde abajo, según vaya vaciándose, parecía ser un indicador de buenas relaciones al interior de una pareja, esto hace unos años, cuando dichos tubos eran de un material metálico que acusaban los daños del maltrato. En una personalidad obsesiva por el orden, podía detonar el inicio de un quiebre. Hoy, la existencia de tubos de plástico blando, permite que no queden huellas de la forma de uso.
Del mismo modo la existencia del control remoto del televisor, terminó con la discusión sobre quién se levanta a apagarlo.
Por otro lado, los teléfonos móviles, han permitido ubicar a la pareja a cualquier hora del día, pudiendo enviar una fotografía instantánea para comprobar el lugar donde ellos se encuentran.
Es un buen aporte el de la tecnología a las relaciones de pareja. Lo que me da una idea: Si existiera algún tipo de desmaterializador (tipo zona fantasma en las historietas de Supermán), cuando una mujer se enoje con su esposo, no tendría que irse a casa de su madre, bastaría con auto desmaterializarse, o desmaterializarlo en lugar de mandarlo a dormir al sofá, hasta sentir deseos de restablecer la comunicación.
De todas formas, para las personalidades obsesivas, a falta de un tubo de pasta dental metálico, existen mil formas aún para exteriorizar dicha personalidad; lo mismo sucede con las relaciones de pareja conflictivas.
A pesar de los teléfonos móviles con los adelantos mencionados, éstos suelen quedar olvidados, lo que da paso a una discusión. Así mismo, hoy la lucha al interior de la pareja, se centra en el "control del control" (remoto).
Me imagino que el uso del desmaterializador también induciría a abusos: Eventualmente ella podría querer desmaterializarse en reemplazo de argumentar un dolor de cabeza, o sufrir la tentación de desmaterializar a su esposo, a la hora que transmiten el fútbol por la televisión, o simplemente mantenerlo así por períodos prolongados, y sólo revertir la situación para que éste la lleve de paseo, cuide a los niños o vaya a trabajar.
Confiemos en que la tecnología, ya sea insertando un chip en el cerebro o implementando nuevos adelantos caseros, nos hará más tolerantes frente a las diferencias individuales. Si no, todavía nos queda la posibilidad de aumentar nuestra conciencia, mediante la introspección y las técnicas orientales milenarias.

25 diciembre, 2005

CALUROSA NAVIDAD

Encontré trabajo, dijo Luis a su esposa, ella sonriendo preguntó: ¿Haciendo qué?
Haciendo de Santa Claus. Dijo Luis.
Ah, un trabajo de pocos días, dijo ella.
Si, aunque después quedaré contratado de vendedor, con un sueldo superior.
Con esto, ponía fin a seis meses de cesantía.

Allí está Luis sudando dentro de su traje rojo. Los días que preceden a la navidad son de pleno verano, treinta y dos grados a la sombra. La barba postiza es de material sintético, agrega calor y produce picazón en la cara. El sillón en que está sentado también es caluroso. Hay que hacerlo por la familia, piensa Luis. La fila de niños aumenta. Algunos niños gozan al ver a Santa, sonríen para la foto y piden sus regalos.
Los niños más pequeños se asustan, lloran. Algunos pequeñitos huelen a orina a través de un pañal que debió ser cambiado hace rato.
Luis piensa en los Santa Claus del hemisferio norte, los de las películas de navidad de la televisión, esos que deben apreciar sus trajes por el frío invernal, esos que dan un ejemplo de bondad y que finalmente resultan ser el verdadero Santa, porque a su alrededor se produce el “milagro navideño”. Eso le devuelve la fe en lo que está haciendo, sin embargo la sensación de calor lo trae de vuelta al hemisferio sur, a Santiago, y sus treinta y tantos grados.
A la hora de almuerzo, se saca el traje, se pone un short y una camiseta sin mangas y disfruta un sándwich con una gaseosa helada.
La fila de niños va creciendo conforme avanza la tarde. De pronto, un niño de unos siete años, Luis lo mira y tiende a reconocerlo: es Daniel, el hijo del vecino.
Quizás la culpa no es del niño sino de sus padres, que no han sabido criarlo.
Si ellos lo hubiesen castigado la primera vez que el niño golpeó a su gato con una escoba…
Si su padre en lugar de justificar el vidrio roto con la pelota, hubiese repuesto el vidrio y enseñado al niño a jugar en la plaza y no frente a su casa… Talvez si su madre le hubiese enseñado a no pelear con los demás niños, o a respetar a los adultos…Sí, piensa Luis, la culpa no es del niño es de los padres.
Allí está su madre, esperando en la fila con el niño de la mano. Cuántas veces la mujer ha sido grosera con su esposa, amenazando con llamar a la policía porque el volumen de la música está muy alto. Cuántas veces el padre del niño lo ha amenazado a él con golpearlo…
Al llegar el niño donde Santa Claus, se sienta en sus rodillas y sonríe, poniendo cara de niño bueno. Esto aumenta el calor que Luis siente. Luis piensa: Mi deber es tratar al niño como a cualquier otro.
¿Cómo te has portado? Pregunta Santa.
Bien, súper bien, responde el niño.
¿Has sido obediente?
¡Sí! Responde el niño.
¿Has sido bueno con los otros niños?
¡Sí! Responde Daniel.
Luis recuerda que dos días atrás, Daniel golpeó a su hijo y le quitó una pelota.
¿Y con tu pequeño vecino? Pregunta Luis. El niño lo mira, reconoce los ojos de Luis, tira su barba, la desprende y empieza a gritar: ¡Él no es Santa Claus!, es un impostor. Luis se molesta y lo baja de sus rodillas con un sutil empujón. El niño empieza a llorar y a decir entrecortadamente: ¡Me pellizcó, me pellizcó!
Los niños de la fila empiezan a llorar y quieren irse de allí. Los padres y madres comienzan a gritar, a reclamar contra el abusador. La madre de Daniel gesticula, argumentando que Luis es un maltratador de menores.
A los gritos, llega el gerente de la tienda.
Media hora después, Luis está disfrutando de sus short y su camiseta sin mangas, atrás quedó el caluroso traje rojo…
Tuvo suerte, sólo lo despidieron, no lo acusaron ante la policía.
Ya verá como le explica a su esposa el incidente, ella entenderá.
En su interior Luis espera encontrar pronto otro trabajo y que el verdadero Santa Claus se encargue de poner en su lugar a ese niño malcriado.

23 diciembre, 2005

EL VIEJO Y EL AMOR

El viejo tomó la tetera, le puso un poco de agua y prendió la cocina, era una cocina antigua, había sido elegida por su esposa, cuando los niños estaban pequeños. Ahora estaban adultos y la cocina estaba vieja, sólo dos quemadores funcionaban, aunque al anciano le bastaban. Abrió una gaveta y sacó una bolsita de té, la puso en el tazón, le puso dos cucharadas de azúcar y esperó a que la tetera hirviera. Buscó en un cajón, sacó una bolsa de pan añejo, escogió uno y lo puso a calentar sobre una estufa a parafina. Del refrigerador sacó un pote de margarina y se preparó para tomar su desayuno.
Encendió el televisor, estaban transmitiendo un matinal, la animadora sonreía y bromeaba con un par de invitados; el viejo apagó el televisor. Terminó de tomar su desayuno y se vistió, pensó en ducharse, finalmente desechó la idea. Hacía tiempo ya, que después de la ducha le dolían los huesos, especialmente en invierno. Apagó la estufa en el patio, lavó su taza, se puso la bufanda y el abrigo y salió a la calle.
Caminó hasta el paradero lentamente, había olvidado su gorro, pensó en devolverse, no lo hizo porque era tarde. Abordó un bus, al subir recordó que no le había dado de comer al gato. Una jovencita le dio el asiento, eso lo reconfortó.
Al llegar al centro de la ciudad, caminó a paso firme, intentando imprimir energía a su cansado cuerpo. Llegó al edificio donde estaba el Laboratorio, esperó el ascensor, hasta el piso cinco. Una vez en la oficina, hizo la fila. Una voz le anunció: -Señor, esta es la ventanilla para la tercera edad- El viejo miro hacia atrás, como esperando encontrar al destinatario del mensaje. La voz insistió: Señor, usted, acá le atenderemos. Recién se percató que se refería a él. Cambió de ventanilla y entregó el comprobante, la joven que atendía dijo: No ha llegado. Pero…me dijeron que hoy estaría, dijo el viejo. Lo siento, dijo la joven, llame por teléfono mañana.
Pensó en estampar un reclamo, se sintió un poco cansado, no lo hizo.
Salió del edificio, caminó hasta el paradero y esperó el bus de vuelta a su casa.
Mientras esperaba, la vio, aunque anciana, estaba igual de bella.
Habían pasado treinta y seis años desde la última vez, le pareció un milagro. Recordó los bellos momentos que había pasado con ella, la abrupta despedida, la renuncia…
La había conocido en un curso, mirarse y enamorarse fue una sola cosa. Ella era casada, lo que no fue impedimento para establecer una relación de amantes que duró tres años. Al cabo de ese tiempo, cuando las cosas parecían complicarse, sin conversarlo con ella, él dejó de llamar, lo hizo por no exponer a la mujer que amaba a un drama. Sabía que ella nunca dejaría a su esposo y tampoco se lo pidió, quizás por cobardía o talvez por sentirse incapaz de enfrentar una respuesta, independiente si ésta fuera positiva o negativa.
Pasaron los años y aunque nunca se encontraron, el viejo pensó cada día en ella, no se volvió a emparejar, crió a sus hijos, éstos crecieron, hicieron su vida y se fueron.
Ahora estaba allí, tan bella como siempre.
El viejo había esperado durante años este momento, había imaginado mil formas de enfrentarla, mil palabras distintas para decirle que nunca dejó de amarla, que nunca amó a otra después de ella…
Guardaba fotografías, cartas, poemas, pinturas, todo por si un día la encontraba. Nunca había querido buscarla, también por miedo. Había preferido guardar la ilusión de un amor compartido, antes que la certeza del olvido.
Caminó hacia ella lentamente, al acercarse, le pareció que ella lo miraba, creyó ver una sonrisa en su rostro. Hola, dijo tímidamente el viejo.
Ella no contestó.
Hola, repitió más fuerte el viejo. Ella recién lo miró, con cara de sorpresa.
¿Te acuerdas de mí? Dijo el viejo, soy Esteban. Ella no pudo ocultar lo que pasaba por su interior, su cara de desconcierto fue evidente.
¿Esteban qué? Exclamó.
Esteban Valenzuela, dijo el viejo.
Ella movió la cabeza y frunció el seño, en un gesto de esfuerzo por acordarse.
Él insistió: ¡Esteban Valenzuela, Esteban Valenzuela!
Ah, dijo ella, el esposo de la Pepita.
El viejo no conocía, ni había conocido a ninguna Pepita en su vida; la miró con ternura, con el amor de siempre, y evocando el sentimiento que lo había hecho alejarse de ella cuando eran jóvenes, dijo: si, el esposo de la Pepita.
¿Y cómo está ella? Dijo la anciana.
Bien, mintió el viejo.
Déle mis saludos exclamó la anciana. Así lo haré, dijo el viejo.

En ese momento apareció un hombre de edad mediana, tomó a la anciana del brazo diciendo: Mamá, ya está listo el automóvil, vamos. Al ver al viejo, el hombre lo saludó y preguntó: ¿Conoce a mi madre? Si, dijo el viejo, la conocí hace treinta y tantos años, tú eras un niño. La anciana dijo: Hijo, es el esposo de la Pepita.
Mamá, el esposo de la Pepita murió hace años. La anciana esbozó una sonrisa y dijo: Déle mis saludos a la Pepita.
El viejo respondió: En su nombre, mientras contenía unas lágrimas emergentes.
El hijo de la anciana se despidió del viejo diciendo: Disculpe a mi madre, desde el derrame cerebral confunde a las personas.
Madre e hijo se subieron al automóvil y se alejaron.
El viejo se subió a un bus, pagó el pasaje con monedas, miró el boleto que le entregó el conductor, sumó los números que contenía: no era su número de suerte.
Tengo que llegar pronto a casa, pensó, olvidé darle comida al gato.

19 diciembre, 2005

LAS HERMANAS



Abrió la puerta de su casa y vio a Leonor parada allí, sonriendo, con un aire desafiante y amoroso a la vez.
-Hoy cumplo quince años- dijo, y vine a pasarlos contigo.
Mauricio dio un paso atrás, y con un gesto la hizo pasar. Cruzaron algunas palabras, un saludo de cumpleaños y en un momento se estaban besando.
Subieron la escala y llegaron al dormitorio que él compartía con su madre. Dos camas de plaza y media, antiguas, hermosas. Habían sido del matrimonio de sus padres, camas separadas gemelas, de un tiempo anterior a las camas de dos plazas.
Cuando murió su padre, le dejó su cama, y sólo cuando llegó su abuela a vivir con ellos, le cedió su dormitorio, para que tuviera privacidad. Desde ese día, compartía dormitorio con su madre.

La abuela era una mujer de ochenta y cinco años, con las huellas en su rostro de un pasado de hermosura, una mujer sin grandes prejuicios, a la que la vida había castigado con dureza, en lo emocional. Se había casado por la iglesia, había tenido seis hijos, a los años, el esposo la dejó por otra, con la que se casó por el civil, y le dejó todas sus pertenencias. Era una mujer bondadosa. Hoy estaba sorda y casi ciega.

Mauricio había conocido a Leonor en Valparaíso. Allí estudiaba Arquitectura, un día en que paseaba por la costanera, divisó a Javier, un compañero de pensión. Venía acompañado de dos muchachas, al llegar se las presentó: -Hola, mi prometida, Pilar y su hermana Leonor, vinieron a visitarme desde Santiago.

Pasearon, bebieron unas cervezas, y llegada la medianoche, intentaron entrarlas de contrabando a la pensión. Una vez en el dormitorio que compartían, empezaron a conversar en voz baja. Poco a poco fueron subiendo el volumen sin darse cuenta, hasta que llegó el dueño de la pensión enfurecido.
–¿Creen que éste es un hotel parejero?, mierdas…
Las circunstancias los obligaron a amanecerse deambulando por el puerto. En el curso de la noche, Mauricio sintió varias veces la mirada de Pilar, se incomodó por su amigo, y se refugió en la compañía de la hermana menor.
Meses después, ya terminado al año universitario, estando en Santiago, Leonor llamó, avisándole que venía.

Se tendieron en la cama, se besaron apasionadamente, Leonor era una joven muy hermosa y fogosa. La mano de Mauricio buscó el muslo de Leonor, con timidez, pensando en lo joven que era, sin embargo Leonor lo alentó, al bajarle el cierre del pantalón. Había perdido la virginidad un año antes, con un novio.
Hicieron el amor largo rato, él recorrió con su boca el cuerpo de Leonor, ella lo besó, lo acarició y terminó rasguñándole la espaldad de pasión.
En medio de aquello, apareció la abuela diciendo: -¿Está la Nena, mijito?- No Minita, salió, contestó Mauricio. La abuela se fue a su dormitorio. Ellos se levantaron y salieron.
Me viene a buscar mi hermana Pilar, dijo Leonor.

Unos diez minutos después apareció Pilar, venía vestida muy llamativa, una mini falda roja y un peto negro, destacando su hermosa figura. Se saludaron, y Mauricio se ofreció a acompañarlas al paradero de buses.
Caminaron, conversaron y de pronto Pilar dijo: Te invito a una fiesta esta noche, en casa de unos amigos.
Bueno, vamos, dijo Mauricio, ¿vamos Leonor? ¡No! Dijo Pilar, a ella no la dejan, es menor de edad. Mauricio miró a Leonor, quien confirmo el hecho con un gesto.
Fueron a dejar a Leonor a casa y partieron a la fiesta. Allí bailaron, bebieron, conversaron de distintos temas, al llegar al tema de la belleza física y el desnudo, ella dijo:-No tengo el cuerpo de Valeria Maza, pero tengo un cuerpo, al tiempo que sacaba de la billetera una foto en que aparecía de cuerpo entero, desnuda. Mauricio experimentó una gran excitación, puso su mano en el muslo de Pilar y se inclinó para besarla. Pilar respondió el beso, lo tomó de la mano y lo condujo al baño. Allí se besaron, acariciaron, hasta que alguien tocó la puerta, intentando usar el baño.
Esperaron que se fueran los invitados, y con la complicidad de la anfitriona, otra muchacha de dieciocho años, se quedaron en la sala.

A causa de la espera, Mauricio sintió una gran excitación. Pilar preguntó: -¿Hace cuánto no haces el amor?- Mauricio miró su reloj.
Pilar dijo: -No quiero saber-

Hicieron el amor hasta el amanecer en la alfombra.

Al salir, se despidieron con un beso en la mejilla y se separaron.
Mauricio caminó un par de cuadras antes de subirse a un bus que lo llevara a su casa.
Su cabeza daba vueltas, sentía una gran emoción, había sido un momento increíble, aunque tenía la certeza que a las hermanas no las volvería a ver.


18 diciembre, 2005

EL LIMONERO


El hombre tomó el cinturón más grueso, salió al patio y con todas sus fuerzas azotó el árbol. Se trataba de un limonero que no daba limones. Un jardinero que trabajaba ocasionalmente en la casa cortando el césped se lo había sugerido:-Péguele fuerte, demuéstrele enojo, amenácelo con sacarlo, va a ver que muy pronto le da-
Después de golpearlo aparentando ira, lo amenazó.
Pasaron varios días, y una de esas noches, el hombre tuvo un sueño; en él, el limonero aparecía con nueve flores. Al levantarse salió al patio y con asombro comprobó la existencia de flores abriendo. ¡Bien!, dijo, dirigiéndose al limonero. Para sorpresa del hombre, éste le respondió:
- No esperes que de limones-
Repuesto de la sorpresa el hombre preguntó:
¿Por qué lo dices?
Porque la higuera de la casa del lado no me lo permite, respondió el limonero.
¿Cómo así? Preguntó el hombre, si esa higuera es pequeñita.
Se trataba de una higuera que se encontraba detrás de una pequeña pandereta de un metro y medio de alto, plantada a un metro de distancia, poco tiempo antes, por la esposa del vecino.
Porque es hembra y está plantada por la mujer, dijo el limonero.
¿Y que hay con eso? preguntó el hombre.
La voluntad de tu vecina es férrea y la higuera trae esa voluntad, dijo el limonero. Además, cuando crezca me dará sombra y me quitará minerales de la tierra agregó.
¡Pamplinas! Dijo el hombre.
¡No! Dijo el limonero, por lo demás las higueras tienen poderes mágicos, recuerda que florecen en la noche de San Juan.
-Excusas- exclamó el hombre, verás que en un par de días tendrás limones, diciendo esto, entró a la casa.
Una semana después, el limonero había perdido las flores.
El hombre nuevamente lo increpó, amenazó con sacarlo y lo azotó. El limonero esta vez no contestó.
Pasó el tiempo y el limonero seguía igual, daba lindas hojas, a veces una cuantas flores, que duraban unos días y caían.
El hombre se resignó, se olvidó, perdió el interés.
Un año después, el hombre se acercó al limonero, se veía dañado, apestado. En cambio la higuera era un gran árbol, sus ramas invadían el espacio aéreo del limonero, los higos caían en su patio, al hombre le fue indiferente, no le gustaba comer higos, y cuando necesitaba limones, compraba.
Tiempo después, decidió sacar el limonero. No le costó, estaba seco y sus pequeñas raíces, se soltaron con facilidad.
Las ramas de la higuera, que se convirtió en un gran árbol, invadían el patio del hombre, le daban sombra y los higos seguían cayendo. Se acostumbró a convivir con la higuera, cada cierto tiempo podaba las ramas que daban a su patio, y cada noche de San Juan, salía a verla florecer. Nunca lo logró, para él no fue mágica.

Unos años después, cuando murió su querido gato, lo enterró en el lugar del limonero, con sus manos empezó a cavar, la tierra se abría al contacto de sus dedos. Algunas lágrimas aparecieros en sus ojos, quizás por la cercanía que tenía con el animal o talvez por el dolor que le producían las heridas que iban apareciendo en el borde de sus uñas. Puso unas piedras señalando el lugar.
Allí cada cierto tiempo, brota una flor silvestre.

14 diciembre, 2005

MEDIANOCHE ( con colaboración de Andy)

Arturo cerró la puerta de su casa, le puso doble llave y empezó su paseo nocturno. Mientras se alejaba pensó en lo inútil de poner doble llave, _si con una basta _ se dijo, lo único que logro, es demorarme más al abrir.
Su reloj marcaba las once cuarenta y cinco. Torció por Avenida Irarrázabal, en dirección al oriente. No se veía movimiento, los pocos automóviles que circulaban, lo hacían tan rápido, que no se alcanzaba a distinguir su conductor. A la distancia divisó un bus, blanco, grande, casi vacío. Lo miró con indiferencia, trató de imaginar la realidad de esas vidas, esas escasas almas que aletargadamente se dirigían a inciertos destinos. Cruzó la avenida Pedro de Valdivia, los pequeños kioscos callejeros estaban cerrados, grandes candados eran una paradoja del movimiento mañanero, las cortinas metálicas estaban rayadas con símbolos casi ilegibles para él, conteniendo los nombres de anónimos líderes de la calle adolescente.
Sacó un cigarrillo. Sabía que no tenía fuego, que tendría que comprar fósforos o un encendedor desechable. Recordó una botillería en el sector, le parecía que estaba al llegar a José Pedro Alessandri, eran las once con cincuenta y dos minutos.
La noche por fin se enfriaba, la tarde había sido de las más calurosas de la temporada veraniega, recordó la casa de su amigo Roberto, tan fría en verano, con aire acondicionado, seguro debía estar reunido con su familia a esa hora. Llegó a la botillería, compró una cerveza en lata y un encendedor, encendió el cigarrillo y siguió caminando hacia la Plaza Ñuñoa.
Al llegar a la Plaza, pudo ver el escaso movimiento, aspiró profundo la última fumada, lanzó la colilla y abrió la lata de cerveza. Tuvo que ladearla para que no se rebalsara la espuma, bebió un sorbo largo, la sintió tibia, se resignó y siguió caminando.
Recordó otros días en que la Plaza Ñuñoa estaba llena de gente, comiendo y bebiendo en los distintos locales, abiertos hasta altas horas de la noche. Quizás más tarde la gente se volcaría a las calles.
Al llegar a Brown Norte, un reloj lejano indicó las doce de la noche, escuchó sirenas, gritos lejanos, algarabía al interior de las casas del sector…
Pensó en ella, también estaría con su familia, abrazándose y riendo con su esposo y sus bellos hijos, esbozó una sonrisa de ternura, y encendió otro cigarrillo…

Irene y su esposo habían discutido durante la mañana, y él, como tantas otras veces, había dejado de hablarle. Era la típica rutina en la que caían luego de una discusión; días de incomunicación y lejanía.
Aquella tarde se juntaron en casa de sus amigos e Irene no pudo disfrutar ningún minuto, sentía pena y rabia al mismo tiempo. Escuchaba las conversaciones como un lejano susurro sin poder prestar atención.
Al llegar a casa, acostaron a los niños temprano y sin cruzar palabra cerraron las ventanas, pusieron la alarma y apagaron la luz.
Irene cambiaba de posición una y otra vez, buscando una posición para conciliar el sueño.
Faltando un cuarto para las doce, se levantó, sacó la alarma, se sentó en un bowindow, abrió la ventana y sintió la brisa cálida de la noche de verano. Miró las estrellas entre las hojas del Tilo, brillaban como nunca.
Pensó, cuántos estarán en la misma situación; sintiéndose solos a pesar de estar rodeados de gente.
Recordó a Arturo, debía estar con sus hijos haciendo un brindis. No podía contener las lágrimas, caían hasta sus muslos y mojaban sus pies desnudos. Escuchaba la respiración de su marido, rítmica y profunda. Un reloj anunciaba las doce...


Se devolvió por la calle Dublé Almeyda, unos perros callejeros ladraban, apuró el paso, en unos cuantos minutos estaría en su casa.
Recordó que sus hijos no volverían hasta la madrugada, al llegar bebió un vaso de leche tibia y se acostó.
Ya mañana tendría tiempo de ver en las noticias, como el planeta había recibido el año nuevo.

10 diciembre, 2005

LA CÁMARA FOTOGRÁFICA

Andaba probando mi nueva cámara fotográfica, Kónica Minolta-Dimage A-200, en el centro de la ciudad, haciendo gala de mi buen gusto y profundos conocimientos en la materia. La había comprado el día anterior, a crédito y aún no empiezo a pagarla. No tengo un contrato como fotógrafo y sólo trabajo a honorarios y por pedido, con un par de revistas quincenales y algunas agencias de publicidad que aprecian mi trabajo (el año pasado obtuve la segunda mención honrosa en el principal concurso de fotografía artística del Municipio.)
Cada día es más difícil el trabajo de fotógrafo, todo el mundo tiene cámara digital, aunque sea en el teléfono móvil y cada día menos gente aprecia una buena fotografía.
Mi flamante Kónica no sólo es digital sino permite disparar una secuencia de cien fotos por minuto, lo que favorece la posibilidad de captar el momento justo para inmortalizarlo. Además permite almacenar más que ninguna, antes de vaciar al procesador, por supuesto permite ver la fotografía en pantalla.
Como estaba diciendo, probaba mi nueva cámara en el centro de la ciudad, cuando en un paradero de buses, me encuentro a un conocido animador de televisión, de programas de farándula, intentando conseguir un taxi. Por curiosidad apunté mi cámara en el momento justo cuando un perro callejero se acercó a su pie, levantó una pata y sutilmente le orinó el pantalón. En ese momento el animador de tv, muy enojado lanzó un puntapié al perro, éste aulló, retrocedió y luego con furia volvió a la carga, el animador lo recibió con otro puntapié, nuevamente en pleno hocico. Al verse superado, el animal se alejó unos metros y continuó ladrando.
En el intertanto, mi Kónica había disparado veintisiete veces, inmortalizando la escena completa. Pasada la conmoción, el animador se enteró de mi presencia y me exigió le entregara el rollo fotográfico. Yo orgulloso reí, diciendo: -Perdón, esta es una Kónica Minolta-Dimage A-200, digital-
-Borra las fotos que tomaste, inquirió.
-Lo siento, dije, es mi trabajo.
En ese momento, lanzando una sarta de improperios, se abalanzó sobre mí, intentando arrebatarme la cámara. Al instante reaccioné y lo que allí se produjo fue una riña callejera, que pronto contó con una ronda de entusiastas espectadores, que se inclinaban por uno u otro. La mayoría estaba de mi parte, la gente se inclina por el más débil. Débil en lo que a poder se refiere, porque en el forcejeo yo llevaba las de ganar.
De pronto una voz severa irrumpió en la escena: ¡Sepárense¡ Era un par de policías que en ese momento hacían su ronda en el sector. Cuando estuvimos un poco más calmados, el animador de televisión relató lo sucedido, argumentando algo así como “su vida privada”. Uno de los policías me pidió el rollo fotográfico. Con una sonrisa irónica le contesté que se trataba de una Kónica Minolta-Dimage A-200 digital. Creo que el policía se sintió maltratado en su ignorancia, de modo que reaccionó diciendo: -Vamos a la estación-
Llegamos a la Estación de policía, nos tomaron los datos, a esta altura yo apretaba aún mi cámara como si fuera la prueba de la existencia de vida extraterrestre. El oficial de turno me exigió le entregara el rollo fotográfico, le comenté, esta vez amablemente que la cámara era digital. Me instó a borrar las fotos, le expliqué que las fotos significaban mucho para mí. El oficial dijo que el asunto lo superaba, que debía pasar al juzgado de policía local y que la cámara quedaría retenida.
Yo no estaba dispuesto a perder tan magníficas fotos y pensando que estaba en mi derecho al tomar fotografías en la vía pública, la entregué.
Ha pasado más de un mes y todavía no se lleva a cabo la audiencia. Según supe, el canal de televisión puso un equipo de abogados a disposición del animador.
A decir verdad, creo que ya perdí las fotos, perdí también la ilusión de que el juez me de la razón, si es que las fotos no las ha borrado alguna “mano negra” en el juzgado.
He perdido varios trabajos por falta de una cámara de calidad, mi esposa dice que soy un estúpido, mi hija, adolescente, admiradora del animador, no me habla.

A esta altura, estoy pensando seriamente que el “meado de perro” soy yo.

09 diciembre, 2005

SOBRECARGO

Llevo varios años trabajando en una prestigiosa línea aérea, lejos de lo que es mi profesión, lo que estudié en la universidad, porque alcancé a trabajar muy poco de arquitecto. Aunque me gradué con honores en una prestigiosa universidad tradicional, no encontré un trabajo que me hiciera sentir realizado respecto a mis sueños juveniles. Eso me recuerda a una amiga que estudió unos años de Biología marina, pensando que podría ser como Jacques Cousteuad y tener su propio Calipso. Al contrario que mi amiga, que se cambió a Psicología, yo terminé la carrera y poco tiempo después me dediqué a volar.
La línea aérea en que me desempeño, es norteamericana y el contrato que tengo con ellos es para mí más que conveniente.
Sin embargo lo que me mantiene trabajando de sobrecargo es el estilo de vida que llevo: voy a Miami, paso un par de días allá, aprovecho de pasear, salgo en mi bicicleta, voy al gimnasio y vuelvo a Santiago, estoy un par de días con mi pareja, visito a mi familia y me preparo para volver a Miami. Pienso que si alguna vez contraigo matrimonio podría cambiar mi estilo de vida, por ahora no está en mis planes.
Volar tiene sus momentos entretenidos, una semanas atrás, en primera clase, viajaba una anciana que por su apariencia parecía de escasos recursos (me imagino le habían mandado el pasaje), al acercarme, le ofrecí la merienda: Buenas tardes, ¿qué se sirve? ¿Salmón o Caviar? La anciana contestó: Caviar.- ¿Con qué se lo acompaño? Pregunté, La anciana miró la bandeja y me dijo: -déme de todo, menos esas pelotitas negras-.
En otra ocasión, frente al mesón de embarque, una mujer alegaba a gritos que era una injusticia. Acabo de pagar mil quinientos dólares en el Duty free, en salón de belleza, decía. Me acerqué a preguntarle cuál era el problema, la señora me explicó que recién la habían peinado y que la señorita del mesón insistía en darle un asiento junto a la ventana, sin importarle el daño que el viento haría en su peinado.
En otra ocasión subió una mujer con tres niños, cuyas edades fluctuaban entre los dos y los cinco años. Al parecer eran centroamericanos (muchos de ellos viajan con sus hijos muy arregladitos, adornados con cintas de colores en las muñecas, tobillos y cintura. Junto a ella, llevaba una caja, también adornada, que por la cantidad de cintas de colores, a simple vista parecía un regalo. Al pasar otro sobrecargo, tomó la caja y la puso en el portamaletas diciendo: Durante el despegue esto debe ir arriba señora. Cuando ya estábamos en vuelo, la señora me preguntó: ahora que ya despegamos, ¿puede bajar a mi bebé de allí?.

Así, son muchas las anécdotas en mi trabajo, es cierto que no voy a trascender ni me voy a realizar siendo sobrecargo, atrás quedaron mis fantasías juveniles de ser el nuevo Le Corbusier, sin embargo algo tengo claro, no me voy a morir de hambre ni de aburrimiento.

04 diciembre, 2005

CONMOCIÓN


Hace unos días bajaba en mi taxi por la calle Apoquindo, conmovido, sorprendido, no logro precisar bien el sentimiento, cuando me hizo parar una mujer de unos treinta y tantos años, alta rubia, atractiva.
Antes de seguir, me gustaría referirme a lo que provocó mi conmoción. Un rato antes, un jovencito me había parado, solicitando mis servicios en dirección a la parte alta de la ciudad, El Arrayán. Al parecer llevaba las compras anticipadas de navidad, una enorme bolsa que depositó en el maletero del automóvil. Al llegar a su casa (ocupaba una manzana entera) me pidió que entrara hasta ella, para caminar menos con la bolsa. Una vez allí, le ayudé a llevarla hasta el interior de la vivienda. La entrada de autos era de adoquines, tenía unos cincuenta metros de largo por cuatro de ancho, bordeada por hermosos árboles, terminaba en una gran rotonda de pasto con un par de palmeras en el centro. En el estacionamiento de automóviles, dos modernos Jaguar, impecables. Que hermosos automóviles, dije, el muchacho contestó: -son de mi padre- No salió hoy, pregunté, si, dijo el muchacho, ocupó otro Jaguar que le gusta más.
Ingresamos a la casa por la cocina, calculo, del tamaño del living-comedor de mi casa, luego llegamos a su dormitorio, que prefiero no describir, sin embargo puedo decir que era el sueño de cualquier adolescente. Allí me percaté que la música era la misma en todas las dependencias de la casa. Música ambiental, dijo el muchacho. Luego lo acompañé al exterior, detrás de la casa, prados, jardines, tres terrazas independientes y una hermosa y amplia piscina, al acercarme pude ver que los pequeños parlantes que rodeaban la piscina, en un principio me parecieron botes de basura, eran de marca “Bosé”. En un momento me asusté con un ruido sobre mi cabeza, el joven dijo: no se preocupe, es sólo uno de los pavos reales de la casa. Al mirar hacia el fondo de la propiedad vi tres casas más pequeñas que la principal; el muchacho explicó que una era de su hermano mayor, otra, un museo de su padre y la tercera, una bodega.

Por eso decía, que cuando la hermosa mujer me hizo parar, todavía estaba conmocionado y sorprendido.
Al preguntarle donde la llevaba, me llamaron la atención sus bellos muslos. Al responder: al centro, pude notar su marcado acento extranjero. Busqué entablar conversación, para volverme a mirar una vez más sus muslos, me pareció que su falda estaba un poco más arriba.
Mientras ella me respondía que trabajaba de agregada cultural en la embajada de su país, pude percibir su buen español, a pesar de su origen escandinavo. En un momento me preguntó derechamente: Te gustan mis piernas, yo turbado, contesté que si. Qué quisieras dijo. Me encantaría tener sexo contigo, dije. Vamos, llévame, dijo ella, llevo seis meses sola en Chile y no he tenido ninguna invitación, los chilenos no son directos, eres el primero que lo es, agregó.
Fuimos, lo pasamos muy bien y nos despedimos cordialmente, por supuesto, no le cobré la carrera.
De vuelta pensé en las diferencias entre los europeos y los chilenos, aunque lo que más sorprendido me tiene, son las enormes diferencias entre los propios chilenos.

30 noviembre, 2005

UN FAVOR MUY ESPECIAL

Es una amiga que ya tiene treinta años y quiere tener un hijo, dijo María José, el problema es que no tiene novio. Ella piensa que si espera a conocer a un hombre que le agrade, establecer una relación, crear confianza y acordar tener un hijo, se le va a pasar la vida esperando. Por eso ha decidido buscar un hombre que se preste para “hacerle” un hijo, sin responsabilidad paterna. Sólo le preocupa es la carga genética del voluntario, que sea inteligente, sano y algo apuesto. Pensé en ti, porque reúnes las condiciones, tienes cinco hijos, eres separado y tienes un espíritu aventurero que te permitiría hacerlo.
En el primer momento no supe que pensar, más tarde sentí curiosidad y poco a poco comencé a disfrutar con la idea. Fiel a la opinión de mi amiga, mi espíritu aventurero (soy Sagitario) se fue imponiendo y esa noche al meterme a la cama, estaba dispuesto a hacerlo, sin importar las consecuencias.
Al día siguiente se lo conté a mi amiga Paula, quien no estuvo de acuerdo. Ella sostuvo que tarde o temprano mi instinto paternal se impondría y me impulsaría a luchar por el derecho a la paternidad. Terminarás exigiendo exámenes de ADN, dijo, transformando tu vida en una lucha sin tregua.
Pasaron varios días, una semana tal vez, casi había olvidado el episodio cuando me llamó María José, porque su amiga quería conocerme. Ah, le hablaste de mí, -si-, dijo, me preguntó si tu intención era renunciar al hijo o si después te arrepentirías. Cuéntale que tengo cinco hijos. María José continuó: -se lo dije, además, que eran magníficos estudiantes y buenos deportistas, como prueba de tu genética.
A los pocos días nos juntamos en un Café, María José nos presentó y se fue, no sin antes despedirse diciendo: -Ustedes tienen mucho de que hablar-.
Se trataba de una mujer bonita, pretendientes no debían faltarle. Al verla me entusiasmé y al hablar con ella quedé maravillado. Carla era culta, simpática y amorosa. Estuvimos conversando largamente, pasando de un tema a otro, a cada momento la charla se hacía más grata. Una mujer así es para enamorarse y tener muchos hijos, pensé.
En un momento de la conversación, hablamos de Fútbol, dijo ser hincha de Colo Colo, un equipo de mi ciudad, su padre fue jugador y hoy dirigente. Yo soy hincha de la Universidad de Chile, su clásico rival.
Más tarde dijo que para las próximas elecciones presidenciales le gustaba un candidato de Derecha, un empresario, porque le parecía, fomentaría el turismo.
Yo, siempre he sido de Izquierda.
Allí fue cuando la incipiente relación se enfrió. No tocamos el tema de “hacer” un hijo. Quizás la expresión de mi rostro, detonó la pronta despedida.

No he vuelto a ver a María José, menos a Carla. Hay días en que reniego de mis prejuicios. Mi hijo mayor siempre dice que mi intolerancia terminará aislándome.
La verdad, no me importa, quizás me haya perdido una interesante experiencia, quizás un buen romance, o un buen “polvo, sin embargo no me arrepiento de lo sucedido, al contrario, de haber tenido un hijo con ella, no habría podido incidir en su educación y finalmente sólo habría aportado un miembro más al “enemigo”.

29 noviembre, 2005

ALARMA DE SEGURIDAD

Cuando entraron a robar a su casa, experimentó una mezcla de sentimientos: ira, impotencia, desolación, pena y resignación. Esta última, porque no quiso hacer la denuncia en la policía, evitando así que su casa se llenara aún más de intrusos.
Durante un tiempo no se atrevió a comprar equipo de música, computador y otros artículos para reponer lo que le fue robado, con la idea que en cualquier momento encontraría nuevamente todo en desorden al llegar a su casa. Son muchas las víctimas de robo, que deben enfrentar un gran desorden producto de la búsqueda de objetos de valor por parte de los ladrones, situación que acentúa el dolor y la rabia del momento.
Al llegar cada día, abría la puerta y esperaba encontrar lo peor.
Tomó una decisión, contrató una empresa de seguridad, que le instaló un sistema de alarma, monitoreado y apoyado por carros propios y también policiales. Repuso lo robado y se dispuso a vivir tranquilo. A su código de alarma añadió el de la señora que iba semanalmente a lavar ropa y planchar.
Así pudo recuperar poco a poco, aunque nunca del todo, la tranquilidad cotidiana.
Cierto día quedó de acuerdo con el esposo de la señora del planchado, él arreglaría un grifo del baño, mientras la señora planchaba. ¿Le comentó a su esposo la clave de la alarma?, preguntó, La señora respondió: Me vendré con él mañana.
Al día siguiente se fue a trabajar tranquilo. A eso de las 10:30 de la mañana, sonó su teléfono celular, atendió y escuchó una voz de hombre diciendo: ¿El señor Ramírez? Sí, respondió. Tenemos una violación de domicilio por la puerta principal, acabamos de enviar a la policía. Voy para allá respondió, mientras cortaba la comunicación.
Recordó al esposo de la señora del planchado, imaginó a la policía en su casa y de pronto recordó que su hijo tenía un par de plantas de marihuana en el patio y el mundo se le vino encima. Se imaginó dando cuenta del hallazgo ante un juez y lo peor de todo, imaginó los titulares de la prensa amarillista: “Ingeniero descubierto por sus propia alarma, por su propio sistema de seguridad”.
Se subió al automóvil como un fantasma, al mismo tiempo, queriendo y no queriendo llegar a su casa. Durante el camino sintió nauseas, dolor de estómago, deseos de no existir.
Diría que las plantas eran de su hijo, ¡No! Se echaría la culpa con tal de protegerlo. Transpiró helado, sintió como temblaban sus piernas, finalmente conforme se acercaba a la casa, fue armándose de valor…

Don Ramón se levantó temprano, pensó en comprar un repuesto para el grifo, arreglarlo y partir a otra casa, donde le esperaba un trabajo de albañilería. Se sirvió un té, se hizo unas tostadas y le llevó desayuno a su esposa a la cama. Levántate rápido, le dijo, no me apures, dijo ella, antes de salir tengo que dejar almuerzo preparado para los niños.
Don Ramón se molestó y dijo: Yo me voy antes. Tomó su bicicleta y pedaleó las veinte cuadras, llegó a la casa, metió la llave que su esposa le entregara, la giró, empujó la puerta y escucho un silbido. La alarma, recordó. Asustado, cerró la puerta y esperó fuera. Unos momentos después la alarma ululaba, acusando la violación…

Cuando llegó a su casa, todo estaba tranquilo, la señora planchaba, don Ramón terminaba el arreglo del grifo. Qué pasó, preguntó, nada contestó don Ramón, olvidé la alarma, esperé afuera y como me acordé de las plantas de su hijo, cuando llegó la policía le mostré mis documentos, mis herramientas, en ese momento llegó mi esposa y ellos se fueron.
Se tendió en un sillón, se sirvió un café y avisó al trabajo que se tomaría el resto del día.
Una cosa estaba clara, días como ese no se tienen muy seguido.

26 noviembre, 2005

OLVIDO


Muy molesta estaba mi esposa porque olvidé nuestro aniversario de matrimonio, olvido que me significó una costosa negociación para obtener su perdón (los próximos tres meses deberé llevarle desayuno a la cama, sacar a pasear al perro por las noches y por supuesto desagraviarla con una salida a cenar y un correspondiente paseo por sus tiendas favoritas).

Sin embargo eso no es lo que más me preocupa, al recordar que olvidé mi aniversario, también recordé que un día antes de mi aniversario, es, o mejor dicho fue el cumpleaños de mi secretaria, y también lo olvidé (ella me ha asistido con dedicación los últimos nueve años, tiempo en el que nunca olvidé saludarla).
Al pensar en mi secretaria, recordé sus palabras en un tono, distante, diciéndome: -Encima le dejo el informe para enviar a la gerencia-, recién ahí, recordé que también eso olvidé.
Creo que son demasiados olvidos en tan poco tiempo, circunstancia que me ha llevado a pensar que algo no anda bien.

A propósito, leí en algún artículo, en alguna revista que no recuerdo, que el memorizar datos, en contradicción con la creencia de nuestros padres, si ocupa espacio. En el artículo se señalaba que es conveniente usar agendas, a fin de dejar espacio en el cerebro para memorizar datos de mayor relevancia. Es evidente que en algún momento olvidé ese consejo también.
Por otra parte, en algún momento escuché, no recuerdo si fue en un programa de radio o televisión, que con los años se produce un deterioro de las funciones cerebrales, lo que empieza a manifestarse con la pérdida de la memoria, especialmente de fechas importantes, cumpleaños, aniversarios y otras, aunque el especialista decía, que es posible también, que esto se deba a factores de motivación.

Mi duda en este momento es: Estaré perdiendo la motivación por el trabajo, por saludar a mi secretaria y por celebrar mi aniversario de matrimonio o será quizás que los años y el exceso de trabajo me están pasando la cuenta; no lo sé, aunque tiendo a pensar que se trata de un tema de espacio para almacenar datos en el cerebro, ya que al tener que memorizar y recordar tantos hoyos en el pavimento de mi ciudad, cada día al conducir el automóvil desde mi casa al trabajo y viceversa, debo estar saturando la memoria.