Carta de despedida
Zara, te escribo esta carta para darte la razón. Te extrañará que lo haga, ya que al parecer no estás acostumbrada a ello, una lucha de género por lo demás. Si hubiese escrito esta carta hace un par de meses, lo más probable es que la hubiera encabezado: Querida Zarita, sin embargo lo único que me impulsa a usar este diminutivo hoy, es que a pesar de las cuatro décadas (y algo más) de edad que tienes, sigues manejando conceptos de una jovencita de quince años.
Dentro de esta razón que quiero otorgarte, agregaré que nunca voy a olvidar unas palabras proféticas tuyas: Se remonta al día en que te conocí, pasaste erguida, contorneando tus caderas, hermosas en ese tiempo, y de mi boca impertinente salió un mal piropo, tanto por la falta de ingenio como por la susceptibilidad de ser mal interpretado: ¿Cuándo va a crecer? Intentaba decir que eras hermosa a pesar de ser tan joven. Tú respondiste: Para ti nunca. Tiempo después me buscaste, me mandaste a invitar a una fiesta y al cabo de unas semanas llegamos a un punto de intimidad que al parecer marcó tu vida. El caso es que tus palabras fueron premonitorias, no porque no fueras a “ser mía” sino porque al encontrarte después de veintisiete años, continuabas teniendo conceptos y valores propios de una niña, lo que en un cuerpo y rostro de mujer madura son un tanto chocantes. La verdad, para mí, nunca creciste.
Cuando me buscaste, y encontraste en ese conventillo que es Facebook, me preguntaste si me acordaba de ti, e inmediatamente recordé las palabras que algunos conocidos mutuos me habían expresado en el curso de estos veintisiete años sin verte, en relación a que siempre habías estado enamorada de mí, lo que a esta altura interpreto como “enamorada de ti, y de la historia de amor y abandono que tejiste en tu mente. Mi inmediata reacción fue la de reparar el daño producido, y accedí a encontrarnos, en un café (aunque sospecho que esperabas que fuera en un motel). En ese encuentro te dije que no sería tu amante (argumentando que no entraría en un juego sórdido con una mujer casada), lo que se reafirmó al verte y no encontrar lo único que me había seducido tantos años antes: Tu juventud.
Pese a todo, seguiste soñando conmigo y me dijiste que habías reencontrado lo que te había enamorado: Mi voz, mis ojos y mi olor, intactos según tú, a pesar de los años. Dijiste que pintabas, escuchabas música y pensabas en mí. Debo agregar que esa imagen no fue para mí la de una artista, sino la de una mujer mayor que pinta de aburrida, frente a un matrimonio agobiante (lo que dejaste ver buscándome después de tantos años) y frente a una postura de mujer burguesa, que no debe trabajar, ya que el marido la mantiene.
Cuando preguntaste si tenía mañanas libres para volver a juntarme contigo, me esmeré por encontrar el espacio, para no herirte (ya bastante daño hice cuando eras una niña), pero no pude ir contra mis sentimientos y sensaciones, y te cité nuevamente en un café. Es allí donde quiero darte una vez más la razón: fui aburrido y cero aporte a tus añejos sueños, en los que al parecer llego sobre un caballo blanco, con una espada, listo a salvar a la doncella atrapada en lo más alto de una torre. Es que no eres una doncella, y tampoco tu matrimonio es una torre – prisión, es sólo el lugar donde te escondes para poder jugar a ser una niña que espera ver aparecer al príncipe.
Es cierto, y es aquí donde quiero “darte definitivamente la razón”: soy un hombre feo, aburrido y creo te faltó decir viejo. Lo que lamento es que ya no fueras la jovencita que me gustó por su ternura, tersura e inocencia, lo que me habría sacado de la inmovilidad que otorgan los años y quizás me habría hecho una “Cirugía en cuerpo y alma” para ser entretenido y bello para ti.
Te deseo lo mejor, que llegues a pintar por inspiración y no por aburrimiento, que hayas tranquilizado tu alma al descubrir que nunca estuviste enamorada, sino confundida, y que finalmente descubras que lo importante es entregar el mejor esfuerzo por construir una sociedad mejor (lo que implica descubrir que la vida burguesa que llevas incluye una dosis de inconciencia frente a la realidad).
Ah, por mi parte soñaré que te llevo a un motel y allí en medio de un orgasmo me gritas que soy bello y entretenido, para subir un poco mi autoestima, deteriorada por ti, en esta revancha que te otorgó la vida.



























































